viernes, 4 de marzo de 2011

¿Recuerdas cuando pintabas?

Aún recuerdo esos días en los que me gustaba acompañar mis pasos, camino a la escuela, con un libro de historias y una canción escondida a media tinta entre los labios.
De los libros que leía en esos tiempos recuerdo poco, pero la canción la tengo presente en mi memoria, incluso hasta hoy.
Era una vieja tonada de un -ahora desvencijado actor y cantante- llamado Guillermo Dávila, quien por ese tiempo era una suerte de galán novelero de muchachitas quinceañeras (Wikipedia lo define como "el ídolo de esta generación" haciendo referencia a los inolvidables años 80).
La canción, para las personas que quieran hacer memoria, empezaba algo así como:
"Me pongo a pintarte y no lo consigo, después de estudiarte, lentamente termino pensando, que falta sobre mi paleta, colores intensos que reflejen tu rara belleza".
Me gustaba que esa melodía me acompañara los aproximadamente quince minutos que demoraba mi caminata de mi casa al colegio y del colegio a mi casa. Durante ese transcurso, la entonaba una y otra vez de manera metódica, dándole una connotación distinta en cada oportunidad que lo hacía.
Había algo en su contenido, en la sencillez de su letra, que simplemente me mejoraba el día, cualquiera que hubiere sido el desenlace de este.
Había también por supuesto alguna que otra musa que por aquel entonces hacía suspirar mi corazón infantil, con un amor puro, sincero, desprovisto de esa connotación que la adultez trae consigo.
Una de ellas era Gabriela. La otra se llamaba Lourdes. Ambas llenaban mis días de mil fantasías en las que de pronto yo aparecía como esos galanes de esas películas desvencijadas y en blanco y negro que veía por las noches con mi hermana. En esas fantasías, aparecía como alguien similar a un héroe, una suerte de conquistador prehispánico que las enamoraba con mi verbo florido y mi personalidad arrolladora. Todo, por supuesto, completamente alejado de la realidad, de mis manos sudorosas y mi timidez extrema que no me permitía articular mas de tres palabras sin ruborizarme.
Yo entonaba las canciones de Guillermo Dávila y pensaba en Gabriela o en Lourdes. Lo más probable era que ellas no pensaran o repararan en mi, pero en las fantasías que construía camino a la escuela, sí. Creo que fue en aquellos días cuando comencé a urdir en mi imaginación mis primeras historias. Cosa particular y paradójica, pues siempre he afirmado que no puedo escribir historias de amor.
Recuerdo que antes de iniciar con la consabida tonada de Guillermo Dávila susurraba en mi interior: "Para Gabriela" o "Para Lourdes" y aquella fórmula mágica bastaba para que la canción adquiriera un significado especial. Probablemente era demasiado pequeño para comprender lo que significaba el amor (quizá nunca sea lo suficientemente "mayor" como para entenderlo) pero en ese tiempo las cosas me parecían más simples de lo que se volvieron mucho tiempo después, cuando adquirí algo de aplomo a fuerza de proponérmelo y aprendí a esconder el sudor de mis manos.
A medida que pasó el tiempo, la imagen de Lourde o Gabriela se ha ido deteriorando como una vieja pintura que reclama urgente su restauración: los trazos se confunden unos con otros y se me hace complicado diferenciar la entonación de las cejas de la expresión de sus miradas y la tonicidad de sus labios. La canción de Guillermo me hace recordar esos tiempos con mucha nostalgia, aspiraba crecer pronto, ser adulto para poder conseguir una novia linda, enamorarme de ella y hacer que se volviera loca por mi, como en los cuentos de hadas y las historias que culminan con un final feliz.
Ahora se que no todas las historias culminan con un final feliz, que los cuentos de hadas, de faunos, de duendes mágicos y unicornios azules que se pierden para luego ser encontrados, no existen. No obstante en ocasiones, me gusta cerrar los ojos en la oscuridad de la habitación, musitar "Para..." y empezar un tarareo bajito que inicia con un "Me pongo a pintarte...".

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