martes, 24 de enero de 2017

Sonia (1)

Siempre soñé con estar de novio de una chica de piernas perfectas y larguísimas, divinamente estilizadas hasta el infinito. Pasé muchas horas en mi habitación, imaginando cómo sería acariciar por horas esos muslos perfectos hasta perderme en el resquicio insondable de sus contornos.
Después conocí a Sonia.
Sonia era todo lo opuesto a la que había soñado: pequeña, gordinflona, con lentes de ratón que daban a su rostro un aspecto entre intelectual y estupido.
Siempre me había pasado: terminaba enamorándome de las niñas oscuras, de las más complicadas, de las muñecas dañadas, con problemas psicológicos e historiales suicidas, siempre.
Sonia canbió mi concepto de ver la vida. Incluso hoy muchos años después, cuando las canas comienzan a poblar mi sien, recuerdo su sonrisa de ratón y aquel sonidillo particular que luego de mezclaba con el llanto, al momento de llegar al orgasmo, luego de hacer el amor.
Tenía que haber pasado por ello, no obstante para entenderlo. Sonia no era para mí mi desde el inicio. O mejor dicho no era para nadie. Estaba destinada a una perpetua soledad de la cual no conseguiría sacarla nunca, aunque me esforzara por esconder sus frascos de pastillas o la navaja con la que solía cercenarse las muñecas en las tardes de lluvia.
- El sonido de la lluvia estrellándose contra el alféizar me pone melancólica - me confesó un día.
Hasta ese día en que la encontré, luego de buscarla por horas tropezando entre charcos y el espesor de las calles repletas. Hasta la que salvé.
Después de eso nunca más volví a ver a Sonia...



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