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domingo, 18 de noviembre de 2012

Sueño que te sueño


¿Por qué sigo soñando las mismas historias y amaneciendo con la misma sensación de opresión en el pecho día tras día? ¿Por qué algunas noches, mis pies todavía buscan instintivamente los tuyos, pequeños, perdices? ¿Por qué sigo soñando que te sueño y despertando del sueño sin haberme dado siquiera el tiempo necesario para empezarte a soñar? ¿Por qué pasan los años y te sigo buscando en las mismas canciones, en los mismos conciertos, en las películas de las que me hablaste alguna vez, en tus historias, que se repiten, como las mías, en tu soledad, en la languidez de tu aliento, que se esconde, para no ser? ¿Por qué me sigo asomando a diario al balcón, asentándome en el suelo con los pies, cuando en realidad deseo saltar?

viernes, 8 de junio de 2012

Hoy es un día blue

Hoy es uno de esos días en que no quiero salir de mi habitación sino hasta que todo el rocío se haya terminado de evaporar de mi rostro. Uno de esos días en que desearía tomar una pastilla, dos, tres, cerrar los ojos de golpe y despertar del sueño que he venido soñando.
Hoy es un día de persianas bajas, de cortinas corridas, de oscuridad forzada, uno de ésos en los que te agobia una tristeza infinita cuyo significado conoces y te niegas a aceptar.
Hoy es un día en que desearía que de pronto esos dedos marcaran mi número telefónico que desconocen, oír tu aló desfalleciente, como un pétalo raído, un camaleón extinto al otro lado de la línea.
Hay días en que le faltan tonalidades a tu paleta para dibujar el escenario donde transcurre tu vida, como decía la canción, para pintar tu sonrisa.
Hoy es un día blue, infinitamente blue. No hay prisa.

domingo, 12 de junio de 2011

cuarenta y cuatro


¡Ah, principito! así fui comprendiendo poco a poco tu pequeña vida melancólica. Por mucho tiempo no habías tenido por distracción más que la dulzura de las puestas de sol. Me enteré de este nuevo detalle el cuarto día a la mañana, cuando me dijiste:
- Me encantan las puestas de sol. Vamos a ver una puesta de sol...
- Pero hay que esperar...
- ¿Esperar qué?
- Esperar a que se ponga el sol.
Primero pareciste muy sorprendido, y luego te reíste de ti mismo. Y me dijiste:
- ¡Siempre creo que estoy en casa!
En efecto. Cuando es el mediodía en Estados Unidos, el sol, como todo el mundo sabe, se pone en Francia. Bastaría poder ir a Francia en un minuto para asistir a la puesta del sol. Lamentablemente, Francia está demasiado alejada. Pero en tu planeta tan pequeño, te alcanzaba con correr tu silla algunos pasos. Y mirabas el crepúsculo cada vez que lo deseabas...
- ¡Un día, vi al sol ponerse cuarenta y tres veces!
Y un poco más tarde agregabas:
- Sabes... cuando se está tan triste a uno le gustan las puestas de sol...
- ¿El día de las cuarenta y tres veces estabas entonces muy triste? Pero el principito no respondió.

miércoles, 8 de junio de 2011

Hoy

Hoy me sentí sucio
sin estarlo
ajeno
completamente ajeno
a la imagen que me devuelve el espejo.
Como un condenado
que clama su inocencia
y al final cae rendido
por el peso de la horca
inexorablemente.

martes, 7 de junio de 2011

Cronología de un final no anunciado (ii)

Le dije señor q tal soy Pedro se acuerda de mi?
¿Qué fue de su hija?
Me dijo cómo ¿no sabes?... ella murió.
Suárez Vértiz. Talk Show.

07:00
Ya era 06 de junio. Todo estaba consumado en ese instante. El parte policial dictaminó que la hora aproximada de tu deceso fue a la medianoche. A esa hora todos en casa dormíamos plácidamente ignorantes de lo sucedido. Quizá alguno de nosotros tuvo frío o se levantó por la noche a orinar. Pero ninguna de esas cosas fue relevante como para advertir que detrás de tu puerta -permanentemente cerrada- no estabas (no estarías) nunca más.

08:00
Me levanté y a regañadientes me metí a la regadera. Hacía frío, pero no había dinero para comprar una terma. El escaso sueldo de mamá y mi hermano alcanzaba apenas para pagar la pensión de la Universidad. Tomé un ralo desayuno, me puse ese terno plomo que acababa de estrenar no hace mucho y del que estaba orgulloso (mi primer terno adquirido con mis propinas de practicante) y me encaminé a clases. Luego al estudio.

12:00
Alguien tocó la puerta de mi casa. Mi mamá esta sola. Era una señora acompañada de un cura. Sus rostros estaban lívidos y tartamudeaban al hablar. Le preguntaron si es la casa de Cecilia. Mi madre contestó con un sí afirmativo con la cabeza. El padre comenzó a hablar de Dios, del cielo, de un mundo mejor donde el cuerpo no sufre y el alma sonríe por toda la eternidad. Mi madre lo escucha como en medio de un sopor, de una neblina, de un sueño. "Su hija ha muerto", le dice de pronto al ver que no comprendía. "Quiero verla", responde. "Quiero verla", repite.

12:30
Fue sencillo llegar. El hotel quedaba a pocas cuadras de la casa. Hasta en eso habías pensado, Cecilia. No sería prudente hacer caminar a mamá tanto. En el camino se encontró con mi tío Francisco. Una hora después llegó Darío, quien telefoneó a mi otra hermana explicándole lo sucedido. No pudo terminar lo que estaba diciendo, pues mi hermana se desplomó en un llanto que parecía no acabar nunca.

15:00
Los presentimientos. No suelo creer en ellos, pero aquel día no sé por qué motivo decidí salir más temprano del Estudio y en vez de dirigirme a la Universidad a estudiar -como siempre- encaminarme a mi casa. Fue mi cuñada quien me comunicó lo ocurrido. Recuerdo que llevaba el terno puesto. Me desnudé y me coloqué cualquier cosa sobre el cuerpo. Salí como un demente, en dirección al hotel, a pocas cuadras de mi casa. Mis piernas me ardían del esfuerzo, pero eso no me importaba. Cómo odié no poder correr más rápido en aquel momento. Mis torpes piernas no ayudaban.

15:10
Llegué con el alma en vilo. Estaba agitado. Afuera divisé una camioneta de la Policía. "Soy su hermano", les dije. No me dijeron nada, solo se hicieron a un lado. En el interior estaba mi madre, mi tío Francisco y Darío. Mi mamá me abrazó. Sus manos parecían una garra que de un momento a otro destrozarían mi cuello. Darío, como siempre, tenía el rostro imperturbable y esa expresión de tranquilidad que oculta la desesperanza. Quise entrar. "Mejor no", me dijo mi tío Francisco. "No se puede quedar aquí", dijo la casera de pronto, rompiendo el silencio. "La muerte solo trae problemas". "Y mala suerte", remató.

15:30
Decidimos que entraríamos Darío y yo. La Policía había ingresado antes y cubierto su cuerpo con una sábana. Suspiré aliviado. Al menos no la vería en ese estado. Él la cargó de la cabeza y yo de los tobillos. Por debajo de la sábana, sentí su cuerpo rígido y frío, como de esos animales que encuentras atropellados en la calle.
Bajamos por las escaleras a tropezones. Parecía más pesado que nunca. Lo pusimos sobre la tolva de la camioneta. "Hay que llevarla a la morgue", nos dijo el Policía. "Luego ya se verá que hacer con el cuerpo". Nos subimos al auto de mi hermano, en silencio y seguimos el auto de la Policía en el que Cecilia yacía dado tumbos, mientras recorría las frías calles de la Ciudad de Piedra.

sábado, 14 de mayo de 2011

sin respuestas: adios

Hoy no tengo repuestas
ni reproches.
No tengo tiempo para ello.
El tiempo es un recurso muy valioso
y escaso en estos días.
No me ahogare en un vaso de veneno.
No yo.
Mi puerta no estará como en la novela de Albujar.
sino todo lo contrario.
Hay muchas formas de decir adiós
escogiste la mas nociva
la que te carcome el alma
y te deja el aliento en vilo.

viernes, 13 de mayo de 2011

sentimientos contradictorios

Tengo sentimientos contradictorios
de pronto parece que las personas
no son lo que dijeron ser
era previsible: las mascaras no duran toda la vida.
No existe las malas historias
apenas los malos autores.
Quizá por eso no escribo como antes.
Pero algún día, algún día.
No obstante, hoy no es tiempo para pensar en ello
hoy tengo que ser mas humano que nunca
hoy tengo que vestir ese traje y fingir que soy ese otro
que sonríe ladino cuando me mira de soslayo a través del espejo.
Someday.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Hoy cumpliría 36

Le dije señor que tal, soy Pedro
¿Se acuerda de mí? ¿Qué fue de su hija?
Me dijo, cómo ¿no sabes?... ella murió.

Pedro Suárez.

Querida Cecilia,
Es gracioso como a veces pasa el tiempo y ni siquiera lo notas.
Han pasado ya diez años desde que nos dejaste y parece que hubiera sido ayer y parece que nunca hubiera ocurrido. Hoy cumplirías 36. La misma edad con que contaba Marylin cuando murió.
A veces me esfuerzo en recordar el tono de tu voz, la intensidad de tu mirada, el sonido de tu risa, pero es inútil. Mi cerebro alberga cada vez menos imágenes fragmentadas de tu recuerdo.
A veces creo recordar algo pero no estoy seguro si es que realmente he recordado o es mi cerebro quien se empeña en recrear mi necesidad de hacerlo y como un niño, me complace.
Otras veces pienso que te he olvidado. Pueden pasar semanas completas y parece que no pienso en ti y entonces pienso que así efectivamente, debe ser la muerte: el olvido final.
Luego llegas de golpe y te insertas una vez más en mi vida. A veces siento como si no te hubieras marchado, como si de alguna manera siempre estuvieras aquí, conmigo, cuidando cada uno de mis pasos, como la hacías cuando era pequeño y tu dos años mayor ¿recuerdas?. En ese entonces fingías que mi pequeña existencia no te importaba pero yo sabía bien de tu necesidad de protegerme, como cuando me cogías de la mano al cruzar la avenida para ir al colegio sin que nadie te dijera o cuando me defendías de tus compañeritas mayores que se mofaban de mí llamándome "Cecilio".
Todavía recuerdo el día en que hicimos no se qué travesura. Muy terrible debe haber sido que nos castigaron a ambos. Tú no podías soportar el verme llorar y te echaste la culpa aunque sabías bien que el causante era yo.
Cecilia, Cecilia. No debe haber sido cosa fácil nacer antes que yo. Tú eras la engreída de la casa y de pronto llegué yo. Mi madre me confesó un día que fuiste planificada, que fuiste hecha con amor. Yo nací de los últimos vestigios de odio en el corazón de nuestros padres. Fui un hijo no deseado que llegó a insertarse en nuestro mundo familiar en el peor momento y quizá a causa de ello recibí en alguna oportunidad más atenciones que tú. Después de todo, tú ya eras grande, yo aún pequeño, tu ya no necesitabas de aquellos juguetes que de pronto pasaron a ser míos. Tú debiste crecer de pronto, tu consigna no era ya el jugar con tus muñecos sino el cuidar de tu hermano, aún pequeño.
La gente a veces solía decir que nos parecíamos. Yo no entendía cómo podían decir ello, si a mi me daba la impresión que tú eras lindísima y yo andaba algo rezagado en los cánones de la belleza. Pero algo de similitud habría quizá en nuestras miradas que hacía que de inmediato se nos asociase como hermanos donde quiera que íbamos.
No debe haber sido cosa fácil verme crecer. Verme convertirme de pronto en adolescente y luego en hombre. Tampoco debe haber sido sencillo sentir que en alguna oportunidad se me otorgó alguna posibilidad que a ti te fue negada. Nunca me perdonaste el hecho que yo pudiera asistir a una universidad privada mientras tú debiste conformarte con la estatal.
Y lo cierto es que eras tremendamente más inteligente que yo. Quizá la más inteligente de toda la familia. Eras algo así como un talento desperdiciado.
A veces no pienso en ti, es cierto, pero otras no puedo dejar de hacerlo. Hoy por ejemplo, me he pasado todo el día intentando no pensar en por qué me he sentido de esta manera. Le he echado la culpa a la ausencia de mis medicamentos, al clima, al hecho de vivir solo, a la vida. Pero la verdad sea dicha sucede que no he querido hasta ahora sentarme y pensar en ti.
No sino hasta ahora que me veo enfrentado con mis pensamientos y me veo obligado a ello.
Pienso en ti y te veo en dos colitas, con tu pantalón de lana marrón -nada estético- y una chompa de lana roja que había pertenecido a mamá y que atesorabas. En casa no había motivo para andar bonita. Nosotros, lo de adentro no importábamos.
En realidad habíamos dejado de importarte desde hace mucho tiempo. Ya ni siquiera nos mirabas. Recuerdo que en alguna oportunidad (debió ser en los últimos tiempos) alguien hizo una broma sobre ti en la mesa: debió de haber sido una buena broma, una magnífica broma, una estupenda broma que te obligó a levantar los ojos del plato y sonreír tímidamente. Me he quedado por años con el recuerdo de esa sonrisa.
Han pasado ya diez años Cecilia. Hoy me gustaría decirte tantas cosas. Comenzar a escribirte esa extensa carta que un día prometí te escribiría y hasta ahora no empiezo. Visitarte mas a menudo como antes, cuando me sentía solo o sencillamete estaba en esos días.
Mas tarde seguro iremos a verte. Como todos los años mi madre dirá algunas palabras y los demás guardaremos silencio. Luego almorzaremos en familia y comenzaremos a sonreír uno a uno, como quien va saliendo de un largo sueño.
Y estarás allí presente en cada uno de nosotros. Aunque no quieras. Ya no te importará la edad, ni andar con la vestimenta adecuada. No te importará cumplir 36 ni sentirás que el tiempo ha pasado sobre tu rostro y que ni las cremas o el gimnasio pueden remediar lo ocurrido. Y sonreirás, como aquel día que tengo grabado en mis recuerdos. Y serás feliz aunque sea un instante. Y no podrás dejar de hacerlo. No podrás.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Billie Holiday, Nina Simone, Ella Fitzgerald - Solitude

A veces también me persigue esta tristeza
de un modo que pienso
que voy a enloquecer, Nina.
en otras la persigo yo
y terminamos enloqueciendo
...
...
juntos.

jueves, 9 de septiembre de 2010

¿Quieres saber dónde vivo?

Vivo, en el número siete, calle
melancolía, Quiero mudarme hace
años, al barrio de la alegría, Pero
siempre que lo intento, ha salido ya el
tranvía, Y en la escalera me siento, a
silbar mi melodía.
Joaquín Sabina.


No conozco el barrio de la alegría
pero alguna vez me enamoré perdidamente
de una chicuela que llevaba esa expresión por apellido.
De aquellos días recuerdo los tonos azulados que tenían los días
los tornasoleados del sol
la música, la poesía, los cuentos que pude escribir, los que abandoné en el camino, tan pronto como ella me abandonó en el mío.
Luego me viene a la mente los años de melancolía
al lado de esta otra chicuela
que por años me hizo sufrir irremediablemente
con sus desvaneos
hasta que finalmente un día (como quien no quiere la cosa)
me cansé de esperarla entre novio y novio
y me metí de lleno con el último aliento de valor que me quedaba.
Y fueron días de mucha esperanza, de ballenas viviendo en vasitos de cristal, de muñecos japoneses e ideas sobre un futuro en el que por primera vez incluí la posibilidad de tener una familia (y hasta pensé en ella).
Ahora de todo ello, solamente puedo decir que VIVO
atrás quedó mi periodo de alegría o melancolía
son simplemente días nuevos donde debo definir con cuidado
cada paso antes de darlo
como un recién operado que entra a rehabilitación
y todo es nuevo para mi y se vuelve de pronto necesario
el mar, ese mar que me hizo compañía con su silencio tantas veces
las piedras que me recordaron la dureza de la vida y me despellejaron las manos hasta hacerlas sangrar una vez y otra, y luego otra, again
la tierra que ensució mis zapatos mientras transitaba por avenidas y calles
la noche que flageló mis sentidos con el frío mientras fungía de guardian de esas máquinas inmensas que parecíann extraídas de un cuento de Dickens
el campo que escuchó mis gritos ahogados y aguantó mi cuerpo embrutecido por el alcohol o el sexo en alguna ocasión.
¿Quieres saber dónde vivo?
Frente a mi puerta hay un pasaje
al final del pasaje una pequeña escuela
donde los niños se entretienen a veces en esos juegos que solo ellos entienden
(como debe de ser)
alrededor hay algunas bancas de cemento, grises, absolutamente grises
En esa escalera solemos sentarnos en días tornasoleados mi libro y yo
a silbar mi melodía.
Si quieres buscarme un día
no me busques, encuéntrame en ese preciso lugar
ya sabes dónde vivo.

Chao número X

Le dijo chao
ya perdió el número
no se si fue el cuatro, el número 3 (cual Benedetti)
o quizá uno posterior
e irremediable
En todo caso lo llamaremos
el número X.
Pero le dijo chao
La miró a los ojos de frente
esos ojos mezcla de gato y venado
(nunca supo que más)
y pronunció una sentencia que ambos desde ya conocían.
No la dictó ningún Juez
no hubo necesidad de actos de apertura
ni de instrucción
ni de nada que se le parezca
se respetaron las garantías del debido proceso
las partes tuvieron su oportunidad de exponer sus argumentos
no hubo confrontación de pruebas
apenas un simple careo que duró cosa de cinco minutos
tampoco se llegó a conciliación
mucho menos desistimiento
o cualquier forma atípica de conclusión del procedimiento.
Nadie impugnó el mandato que se dictó
quizá si alguno lo quizo, eso nunca se sabrá
no se ha presentó ni un recurso de apelación o nulidad hasta la fecha
los plazos eran perentorios, no importa acá la verdad material
no existe verdad material para la realidad, quizá sí para los sentimientos
simplemente se dictó una sentencia que las partes aceptaron
con la cabeza gacha.
Y parecía una escena pintada
de la novela El Proceso de Kafka:
de pronto el Guardían que custodió esa puerta durante tanto tiempo
esa puerta por la que ambos intentaron en vano pasar
por la que aguardaron hasta perder finalmente la esperanza
(y volverla a ganar tantas veces, tantas, honey)
les fue cerrando en las narices mientras con voz atronadora
les respondía a la pregunta lanzada de por qué nadie más intentó cruzar por ella:

"Nadie podía intentarlo, porque esta puerta estaba reservada solamente para ustedes.
Ahora voy a cerrarla"

Se agolpan las tristezas

Tengo una nostalgia
que no me puedo sacar del pecho
sé como definirla pero no me animo a decirla
o denominarla por este medio.
Me gusta más llamarla nostalgia
aunque sé bien que no se trata de nostalgia
sino mas bien de un estado de ánimo diferente.
En otros tiempos me hubiera sentido imbatible
frente a ella:
uno de los titanes enfrentando feroz a los dioses del Olimpo
luchando una batalla perdida
pero luchando
siempre luchando
(he luchado en tantas ocasiones batallas que todos me decían perdidas)
No honey, no he perdido de pronto las ganas de luchar
hoy siento de pronto se me ha llenado el alma de una profunda nostalgia
que me impide seguir avanzando por el mismo camino
camino de dos que se vuelve de uno
me he quedado sin ojos de tanto mirar tus ojos inmensos y líquidos
mi cuerpo se ha quedado sin pecas por sabor del agua salada del mar.
Otrora, en otros tiempos quizá no muy lejanos fui propietario
ahora soy un simple vagabundo errante
un trotamundos sin pocesiones, ni objetos de valor
con una tarjeta de crédito en el bolsillo (quizá ya caducada)
y un corazón en el pecho que -a mi pesar-
todavía late en el mismo sentido y latitud.
Repito: de pronto siento que se me agolpan las tristezas
tengo algo en el pecho cuya definición conozco
pero prefiero denominarla nostalgia.

Nostalgia (del griego clásico: νόστος "regreso" y ἄλγος "dolor")
describe un anhelo del pasado.
La nostalgia es el sufrimiento de pensar en algo que se ha tenido
y que ahora ya no se tiene.

domingo, 9 de mayo de 2010

Es fácil estar triste, solo tengo que pensar en ti

Leí esto en el blog de una amiga y me pareció simple y brutal a la vez.
Solo tengo que pensar en ti y de inmediato mi estado de animo se transfigura. Me traslado de pronto de la tranquilidad a la nostalgia.
Me siento como aquel roedor que atiborraron de hormonas y encerraron en una jaula, hasta que finalmente sucumbió con el hocico pegado a la reja, sumido en su soledad y en la tristeza mas profunda.
No, ese roedor no merecía morir en prisión. Y la verdad yo tampoco.
Solo tengo que pensar en ti y de inmediato me siento vacío o incompleto, que es una forma similar de sentirse vacío: un vacío a medias.
Extraño tu mirada tan ajena y tus tan escasas sonrisas. Pero por sobre todo, extraño la manera tan particular que tenias de estar y no estar al mismo tiempo (incluso hasta hoy), sin que ello signifique -en tu caso- una contradicción, sino por el contrario, una característica de tu existencia.
A veces pienso como hubiere sido mi vida de no haberte marchado, que tanto de ella se habría mantenido y que porcentaje hubiera variado. Quizá seria una mejor persona de la que soy.
Pensar en ti definitivamente me hace daño, pero a la vez me proporciona una cierta dosis de serenidad el saber que todavía puedo pensar en ti, el saber que recuerdo que un día fuiste parte de mi vida, de mis días, con sus tardes y sus noches, con claros y grises, con sus mañanas tornasoladas y sus noches azules. Sobre todo azules.
Pensar en ti me deprime pero me hace saber que estoy vivo. Me hace cómplice de una orfandad que a veces me espanta y en ocasiones busco con necesidad apremiante.
Pensar en ti también me proporciona esperanza. Esperanza de un día volver a verte, de saber de ti, de escuchar nuevamente el tono de tu voz, el tintinear de tu risa. De creer -ilusoriamente- que también piensa en mi, de alguna manera, mas allá de los límites y del tiempo. Que aguardas. Que esperas. Que el tiempo pasa pero que no es inútil, que es sólo tiempo que transcurre, nada más.
Pensar en ti me hace creer que el final del camino lleva tatuado tu nombre.
Y el conjunto de todo ello me pone inevitablemente triste, blue, terriblemente blue. Por lo que está, por lo que se extravió en el camino. No obstante que en algún lugar tú sigues estando, ajena mi soledad y mis desvaneos. Tú de alguna otra manera, transfigurada, de un modo que mi entendimiento no llega a comprender, ni tan siquiera a vislumbrar.
En palabras de Sabina:

Yo tenia un botón sin ojal, un gusano de seda,
medio par de zapatos de clown y un alma en almoneda,
una hispano olivetti con caries,
un tren con retraso, un carne del Atleti,
una cara de culo de vaso.
Un colegio de pago, un compás, una mesa camilla,
una nuez, o bocado de Adán, menos una costilla,
una bici diabética, un cumulo, un cirro, un estrato,
un camello del rey Baltasar, una gata sin gato.
Mi Annie Hall, mi Gioconda, mi Wendy,
las damas primero,
mi Cantinflas, mi Bola de Nieve, mis tres Mosqueteros,
mi Tintín, mi yo-yo,
mi azulete, mis siete copas,
el zaguán donde te desnude sin quitarte la ropa,
Mi escondite, mi clave de sol, mi reloj de pulsera,
mi lampara de Alí Babá dentro de una chistera,
no sabía que la primavera duraba un segundo,
yo quería escribir la canción mas hermosa del mundo.

Reformulo lo dicho en en el título con que iniciara este comentario:

Es fácil estar triste, pero mas triste es pensar en mi, sin ti.

domingo, 2 de mayo de 2010

No puedo escribir de amor

"Lo que no nace no crece", sentenció un conocido mío hace ya cierto tiempo, luego de una agradable conversación en la que, entre otros detalles, compartimos alguna de nuestras cuitas.
Algo similar me sucede con lo que escribo. Por una extraña razón que va más allá de mi entendimiento y de mi voluntad, no puedo escribir del amor.
Sencillamente me siento frente al computador y mis manos teclean como dos arañas bailoteando sobre el tejado, sin que mi voluntad las gobierne. Ellas viven para sí y de la misma manera escriben solas.
A veces yo mismo me sorprendo de lo que he escrito una vez que termino con ello. No sé como llamarlo, pero lo cierto es que no parezco estar hecho para los finales felices. Quizá sea una especie de pesimismo congénito o una escasa vocación para la felicidad, pero la verdad sea dicha no soy un ferviente creyente de un planeta donde las cosas terminan de la mejor manera.
Quizá sea esa una de las razones por las que odio a Paulo Coelho. Desconfío de esos escritores que creen que con un par de palabras te pueden componer la vida. ¿Quien ha dicho que la literatura tiene esa finalidad? En todo caso ¿la tiene? ¿es necesario que la tenga?
No pretendo ser un cuestionador. Tampoco inventar teorías nuevas que ni yo mismo acabo de comprender. Sencillamente no creo en una historia que se reduzca de manera irreductible a un final feliz. No creo por ende en las historias ni los poemas que hablen de amor, todo lo cual es irónico porque crecí escuchando poemas de Miguel Ángel Buesa y Federico Barreto en mi habitación, cuando mi hermano mayor regresaba por las noches, henchido de un romanticismo juvenil después de alguna cita cautivadora.
Repito: no puedo escribir de amor. Hay cosas que las personas no podemos hacer. Algunos no saben nadar, otros aún no aprenden a patinar. Yo por ejemplo no se cabalgar. Tampoco se cómo se escribe de amor. El nombre de este blog por ejemplo es una muestra de ello. Soy de las personas que comparte la idea que uno no escoge sus temas. Uno es aprehendido por ellos y se convierte simplemente en un interlocutor de otras voces.
Detesto los finales felices. Prefiero aquellos finales que me sorprenden, aquellos que me llevan hacia algún sitio (al menos eso me hacen creer) y cuando menos lo esperas, se sientan en tu cara y te escupen en el rostro terminando de borrarte la sonrisa que iniciabas. Hay algo de amor también en el destilar de un suave pedo.
La tristeza y la soledad son mas que un par de palabras. Encierran además el secreto de sabernos vivos. Hay algo de sublime también en ello. Yo prefiero un final triste a uno alegre. Prefiero un cuento de odio a uno de amor. Aunque haya algo de amor en cada uno de ellos...
Estoy solo. Por lo tanto, existo.
Odio. Por lo tanto tengo la capacidad de amar.