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domingo, 27 de abril de 2014

La soledad de tu espejo o el estampido final de una escopeta

Ciudad de Piedra, 28 de abril de 2014.
Querida Cecilia,
El tiempo ha pasado (vaya que ha pasado), pero te recuerdo y de pronto todo vuelve a cero.
Yo también he cambiado, el tiempo ha sabido limar mis asperezas y dejado más expuestas mis agrietadas heridas.
En casa pueden transcurrir semanas enteras, incluso meses, sin que hablemos de ti. 
De pronto, como por encanto, alguien rompe ese silencio.
Tampoco solemos ir a visitarte tan a menudo al camposanto. Antes, íbamos casi todos los meses, ahora apenas lo recordamos antes de Navidad, el día de tu cumpleaños, el aniversario de tu partida, no más.
Puedo decir, sin embargo, con convicción, que todo ha vuelto a seguir su curso, y a la vez, permanece igual.
Es una cosa extraña que jamás me podré explicar, porque tu siempre tendrás veintiséis y porque yo, a pesar de que transcurran los años y llegue el momento en que casi te duplique la edad, seguiré pensando en ti como la hermana mayor que nunca estuvo, y que ahora, cosa paradójica, está más presente que nunca.
Es gracioso, de todos los momentos cumbres donde estuviste más bella, se me vienen a la mente precisamente los contrarios, tal vez porque reflejan mejor quien verdaderamente fuiste: tu pantalón de lana marrón, aquella chompa roja que te tejió mamá y que solías utilizar durante los días de invierno,  las dos robustas trenzas que adornaban tu rostro, la sonrisa que descubría cuando pensabas que nadie te miraba.
Y es que a veces las personas no están, cuando deben estar y permanecen de la manera más absurda, no obstante se han ido. No me preguntes de qué manera, las cosas son así, basta decirlo.
Hoy por ejemplo, veía esa obra de teatro de Arthur Miller, y de pronto en la escena final, retumbó en la sala el estampido final de una escopeta. Y se agolparon en mi cabeza escenas que creía olvidadas, como un flash back de una película de antaño. 
No, Cecilia. Nada se ha ido y eso es quizá lo más angustiante de todo. Que las cosas continúan ocultas, expectantes a cualquier detonador para resurgir, para volver a ser vividas. 
Para encontrarse una vez más en la soledad de tu espejo, con tu imagen, las cinco docenas de pastillas, tus instantes eternos de dubitación, la carta inacabada que comenzaste a escribir y jamás terminaste, el momento exacto donde pasé, sin saberlo, frente al cuarto del motel donde después te encontramos, donde nuestras vidas se miraron a los ojos casi por un segundo, a través de las paredes, para luego dar paso al black eterno de la oscuridad.
 No la tuya. La mía.
Tuyo,
YO

domingo, 4 de diciembre de 2011

Te vi despues de mucho tiempo

Hoy te vi, cómo ha pasado el tiempo. Te reconocí apenas salí de la boca del metro, "Has engordado", fue lo primero que te dije, tú me contestaste que me veía igual. Nos dimos un fuerte abrazo, luego nos miramos a los ojos. Intenté reconocer algo en tu mirada, quizá una respuesta a tantas preguntas que tenía guardadas desde hace mucho tiempo sin contestar. "Me miras tan fijo que parece que me quisieras hipnotizar", dijiste con una sonrisa nerviosa. Lo intenté, pero no podía quitarte la mirada de encima. Seguía buscando algo, hasta que desalentado, finalmente desistí.
Nos hicimos las consabidas preguntas y respuestas. Tú por mi familia, yo por la tuya. Luego de haber intercambiado información nos quedamos ambos en silencio por mucho tiempo. Me invitaste a tomar un café, tal vez una copa. Caminamos en silencio por calle y avenidas. Te pregunté si todavía leías. Me dijiste que no, que apenas tenías tiempo para dormir, que salías casi de madrugada del trabajo. Me hablaste de tu mujer y tus hijas. Una se llamaba Nadia. El nombre me pareció peculiar y te pregunté por el. "Como la Nadia de la novela de Julio Verne", me contestaste. "¿Te acuerdas que tenía una colección de libros que mi madre me regaló?". Yo moví la cabeza en sentido negativo. No obstante mentía. Lo recordaba con toda claridad. ¿Cómo podía olvidar esas mañanas cuando nos escabullíamos con Cecilia hasta tu habitación a que nos hicieras jugar con tus juguetes que por aquel entonces nos parecían asombrosos?  Recordaba con meridiana claridad cada cosa, cada momento, cada detalle, como aquella vez que contrajiste aquella enfermedad que te mantuvo en cama por muchas semanas. Cecilia era apenas una chicuela y tu un niño de ocho o de diez, pero bajaba diligente a conversar contigo todas las mañanas. Quizá te quería ya desde ese entonces. "No recuerdo nada de eso", volví a decir.
En el café me mostraste las fotografías de tus hijas, me preguntaste si eran lindas. Las observé en silencio y no supe qué decir. Las veía posando para la cámara con sus largas cabelleras y sus piernecitas delgadas. Cecilia jamás tuvo hijos, siempre dijo que no le gustaría tenerlos, que aborrecía ños niños, pero todos sabíamos que decía eso de la boca para afuera. Estábamos seguros que si tú se lo hubieras pedido, ella hubiera accedido. Del mismo modo que accedió a todas las demás cosas que le pediste, que le hiciste y que nosotros leímos mucho tiempo después en las páginas de sus diarios que encontramos bajo su cama, cuando ya muerta, cuándo ya no valía la pena intentar efectuar un reclamo, conseguir tus descargos, desempolvar un recuerdo que era mejor dejarlo de esa manera. 
Miré la fotografía de tu mujer. La observé por largo tiempo pensando qué tenía de diferente que consiguió que te enamoraras de ella. Le encontré los defectos uno a uno. Los enumeré en silencio en mi mente y me deleité por un instante descubriéndolos. Cuando terminé me sentí triste. No importaba cuántos defectos le encontrase, lo cierto era que tú te quedaste con ella, que jamás quisiste a Cecilia, que simplemente la utilizaste para satisfacer tu virilidad de muchacho adolescente, que luego permitiste que continuara enamorada de ti por mucho tiempo, para continuar utilizándola, mancillándola, humillándola, haciendo que se sintiera una puta por el simple hecho de quererte, cómo se quiere en los cuentos, en las historias de dragones y hadas.
Pero seguramente tú ya habías olvidado todo eso. Del mismo modo que habías olvidado la ocasión en que te invitó a su quinceañero, lo nerviosa que se encontraba por bailar contigo, porque te vieran sus amigas, por presentarse correctamente maquillada y vestida para que repararas en ella como mujer y no más como una niña. Reparaste sí en la mujer, pero destruiste a la niña. Eso tampoco recordabas.
Luego de un tiempo la conversación se fue degenerando hacia otros temas. Me preguntaste si tenía novia. Te respondí que sí. "Ah, pero ese no es un impedimento", me dijiste. "Recuerda que ojos que no ven, corazón que no siente". Luego me hablaste de las casas de putas que habían en Madrid, de las mujeres que habías conocido y las que querías conocer. Me pregunté en qué momento olvidaste que apenas unos minutos atrás me hablabas orgulloso de tu mujer y tus hijas.
Yo te miraba callado mientras pensaba cómo Cecilia pudo estar tan engañada. Cómo pudo vivir toda su vida (incluso su muerte) enamorada de un sujeto de esta calaña. Qué pensaría si lo tuviera frente a sí en este momento. Que pensaría en este mismo instante por el simple hecho de observarme frente a él, tomándome una taza de café como si le hubiera perdonado. No Cecilia, en mi corazón no le he perdonado. Quizá tú si. Quizá donde estás, tu ya lo has hecho. Pero aquí en la tierra, donde yo me encuentro no puedo encontrar la paz.
A la mitad de la cena no pude resistir más. Me levanté de improviso y le dije "Me voy". Me observó asustado con sus ojos castaños y gordos. No intentó retenerme. "Está bien", me dijo. Salí corriendo del local. El viento me daba de lleno en la cabeza, en el cuerpo. Había un largo trecho para caminar pero no me importaba. Luego empezó a llover y sentí que se mojaba mi cabeza, mi frente, mi nariz, mis mejillas. Había olvidado el paraguas. No se en que momento comencé a correr. Quizá en el instante que me percaté que no era la lluvia lo que tenía en el rostro, sino que llevaba ya mucho tiempo llorando. Me pregunté si habría iniciado ese llanto poco tiempo antes de despedirme o después. No importaba. Llegué a mi piso con el corazón desbocándose de mi pecho. Intenté contenerme, pero ya era muy tarde. Las lágrimas se formaban en mis ojos y resbalaban por mis mejillas como queriendo escapar de mi cuerpo.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Feliz cumpleaños, Cecilia


No mueras más
Oye una sinfonía para banda
Volverás a amarte cuando escuches
Diez trombones
Con su añil claridad

Luis Hernández

Querida Cecilia,
Te escribo esta carta con la seguridad que en este momento debes estar rodeada de muchas personas, entre familiares y amigos.
Es un momento importante para ti, pues no todos los días se cumplen años. Imagino que a estas alturas, ya todos te han dado los respectivos abrazos y besos.
Seguramente te levantaste muy temprano y -como buena aprendiz de mamá- te metiste a la regadera con los primeros rocíos del día. Es importante ponerte tus cremas, peinarte y vestirte, de modo que al momento de llegar el primer invitado, te encuentre fresca, lozana y bella.
"Por ti no pasan los años", exclamarán. Tú sonreirás y moverás la cabeza en señal de afirmación, como corroborando una verdad inobjetable y eterna.
Luego llegará el momento de abrir los regalos. Cada cual, pugnará por el suyo. Tú mirarás a cada uno con picardía y soslayo: sabes muy bien que no pelean por el orden en que deben abrirse los presentes, sino por robar un instante de tu atención. Tú los observarás con tus ojos inmensos y escogerás un regalo al azar: "A ver, qué será, que será...".
Por la tarde llegará el consabido pastel, las velas, el estridente "Happy birthday to you", nuevos abrazos y besos, hasta que se inicien los primeros compases de una melodía.
Una pieza de baile, reemplazará a otra y así sucesivamente hasta que hayas danzado con todos. Nadie podrá decir que no tuvo el privilegio de ser tu pareja esa tarde. Algún osado intentará repetir el plato. "Sólo una vez" lo reprenderás con delicadeza.
Luego se irán marchando uno a uno, en el orden en que llegaron, hasta que no quede más que el pastel, las velas -ahora extintas- y alguno que otro globo sin reventar.
Ya avanzada la noche, empezarás a acomodar las sillas, acompañada de mamá. Luego, lavarás los trastes, botarás las colillas de los ceniceros, acomodarás la alfombra.
Finalmente te meterás a la regadera. Una vez más, te colocarás el pijama, te removerás las cremas, te mirarás al espejo."El tiempo no pasa por mí", pensarás, de la misma manera que los has venido haciendo todos los 21 de noviembre desde hace once años.
Sólo en en ese momento caerás en la cuenta que estás muerta.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Missing Cecilia

Para qué usar eufemismos
o palabras elaboradas.
Para qué procurar
dorar más la píldora.
La verdad
es cruda y simple
te extraño como la puta madre, Cecilia.

Mañana

Mañana estás de cumpleaños
y hoy te extraño más que nunca.
Te fuiste
estas tan lejos
y yo también.

martes, 7 de junio de 2011

Cronología de un final no anunciado (ii)

Le dije señor q tal soy Pedro se acuerda de mi?
¿Qué fue de su hija?
Me dijo cómo ¿no sabes?... ella murió.
Suárez Vértiz. Talk Show.

07:00
Ya era 06 de junio. Todo estaba consumado en ese instante. El parte policial dictaminó que la hora aproximada de tu deceso fue a la medianoche. A esa hora todos en casa dormíamos plácidamente ignorantes de lo sucedido. Quizá alguno de nosotros tuvo frío o se levantó por la noche a orinar. Pero ninguna de esas cosas fue relevante como para advertir que detrás de tu puerta -permanentemente cerrada- no estabas (no estarías) nunca más.

08:00
Me levanté y a regañadientes me metí a la regadera. Hacía frío, pero no había dinero para comprar una terma. El escaso sueldo de mamá y mi hermano alcanzaba apenas para pagar la pensión de la Universidad. Tomé un ralo desayuno, me puse ese terno plomo que acababa de estrenar no hace mucho y del que estaba orgulloso (mi primer terno adquirido con mis propinas de practicante) y me encaminé a clases. Luego al estudio.

12:00
Alguien tocó la puerta de mi casa. Mi mamá esta sola. Era una señora acompañada de un cura. Sus rostros estaban lívidos y tartamudeaban al hablar. Le preguntaron si es la casa de Cecilia. Mi madre contestó con un sí afirmativo con la cabeza. El padre comenzó a hablar de Dios, del cielo, de un mundo mejor donde el cuerpo no sufre y el alma sonríe por toda la eternidad. Mi madre lo escucha como en medio de un sopor, de una neblina, de un sueño. "Su hija ha muerto", le dice de pronto al ver que no comprendía. "Quiero verla", responde. "Quiero verla", repite.

12:30
Fue sencillo llegar. El hotel quedaba a pocas cuadras de la casa. Hasta en eso habías pensado, Cecilia. No sería prudente hacer caminar a mamá tanto. En el camino se encontró con mi tío Francisco. Una hora después llegó Darío, quien telefoneó a mi otra hermana explicándole lo sucedido. No pudo terminar lo que estaba diciendo, pues mi hermana se desplomó en un llanto que parecía no acabar nunca.

15:00
Los presentimientos. No suelo creer en ellos, pero aquel día no sé por qué motivo decidí salir más temprano del Estudio y en vez de dirigirme a la Universidad a estudiar -como siempre- encaminarme a mi casa. Fue mi cuñada quien me comunicó lo ocurrido. Recuerdo que llevaba el terno puesto. Me desnudé y me coloqué cualquier cosa sobre el cuerpo. Salí como un demente, en dirección al hotel, a pocas cuadras de mi casa. Mis piernas me ardían del esfuerzo, pero eso no me importaba. Cómo odié no poder correr más rápido en aquel momento. Mis torpes piernas no ayudaban.

15:10
Llegué con el alma en vilo. Estaba agitado. Afuera divisé una camioneta de la Policía. "Soy su hermano", les dije. No me dijeron nada, solo se hicieron a un lado. En el interior estaba mi madre, mi tío Francisco y Darío. Mi mamá me abrazó. Sus manos parecían una garra que de un momento a otro destrozarían mi cuello. Darío, como siempre, tenía el rostro imperturbable y esa expresión de tranquilidad que oculta la desesperanza. Quise entrar. "Mejor no", me dijo mi tío Francisco. "No se puede quedar aquí", dijo la casera de pronto, rompiendo el silencio. "La muerte solo trae problemas". "Y mala suerte", remató.

15:30
Decidimos que entraríamos Darío y yo. La Policía había ingresado antes y cubierto su cuerpo con una sábana. Suspiré aliviado. Al menos no la vería en ese estado. Él la cargó de la cabeza y yo de los tobillos. Por debajo de la sábana, sentí su cuerpo rígido y frío, como de esos animales que encuentras atropellados en la calle.
Bajamos por las escaleras a tropezones. Parecía más pesado que nunca. Lo pusimos sobre la tolva de la camioneta. "Hay que llevarla a la morgue", nos dijo el Policía. "Luego ya se verá que hacer con el cuerpo". Nos subimos al auto de mi hermano, en silencio y seguimos el auto de la Policía en el que Cecilia yacía dado tumbos, mientras recorría las frías calles de la Ciudad de Piedra.

lunes, 6 de junio de 2011

6 de junio

Hoy fue un día particularmente solitario
sólos tú y yo
y el resto del mundo
ignorándonos.
Hoy leímos juntos
una historia de Cortazar
que presumo -por tu silencio-
te deleitó hasta el extremo.
Hoy fue un buen día
limpié tu lugar con esmero
arranqué la mala hierba que casi llegaba a tu lecho
descubrí con agua las letras que ocultaban tu nombre
adorné tu habitación con media docena de girasoles.
Luego me quedé dormido sobre tu lecho
debajo, enredada entre hierba y tierra húmeda reposa tu cuerpo.
Esa tarde soñé que intentaba abrazarte
-vanamente-.

domingo, 5 de junio de 2011

Cronología de un final no anunciado (i)

19:00
Probablemente ya llevabas las pastillas contigo, compradas a algún inescrupuloso boticario que si conociera su identidad ya estaría en prisión hace mucho tiempo. Intuyo que tenías clara la decisión que tomarías algunas horas después. Llevabas dinero contigo. Ese no fue un problema.
Había que escoger un lugar. Quizá en ese momento pensaste en mamá. Decías que no, pero sabías bien lo mucho que la querías. Pensaste lo terrible que sería para ella llegar hacia ti y descubrirte en ese momento de dolor.
Hacía frío esa noche. Saliste poco abrigada, con una casaquita de color morado y una falda color negro. Estabas bonita, como en esa foto que llevo clavada en mi mente. Buscabas un lugar. De pronto alzaste la mirada y lo encontraste.

21:00
En paralelo, yo bajaba del colectivo que me devolvía de mis clases de inglés. Supongo que llegué a la casa, saludé a mi madre y cené tal y como lo hacía todas las noches. Probablemente noté tu puerta cerrada, pero ni siquiera pensé en ello. Hace muchos años que esa puerta se había cerrado para mí. Para los demás. Para todos excepto para ti. Me puse el pijama, quizá leí un poco y luego dormí.

22:00
Tuviste hambre. Tu cuerpo te exigía lo que todo cuerpo exige a su dueño: vivir. Y para vivir debías de alimentarte. Bajaste de la habitación que habías alquilado y le preguntaste a la regente si vendía algún tipo de comida. Te contestó negativamente pero se ofreció a conseguirte algún tipo de sopa de un puesto cercano. "Súbeme cualquier infusión", le pediste. "Mañana tengo un examen importante y debo estudiar toda la noche. Que nadie me moleste por favor", concluiste.

23:00
¿Lo habrás dudado en algún momento antes de ingerirlas? Tenías la bebida caliente que la regente te acababa de subir. Quizá la última oportunidad de algún contacto humano hiciera que desistieras de tu propósito. Pero no fue así.
Tu estómago vacío te exigía algún tipo de comida, pero eso parecía ya no importarte. Abriste la boca (tu hermosa boquita rosada que tantas veces se quebró en una sonrisa) y comenzaste a introducir en ella una a una las pastillas que llevabas en una bolsa: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10... Quizá llorabas cuando llegaste a la última. Jamás sabré eso.

23:15
Llevabas un papel y sacaste un lapicero de tu cartera. También eso lo tenias dispuesto. Iniciaste con un "Querida familia..." y nos comenzaste a mencionar uno a uno hasta que llegaste a mi nombre. En algún momento de la misiva tus trazos empezaron a perder forma, las letras se confundían unas con otras hasta que se diluyeron finalmente en una línea.
¿Te habrás arrepentido en aquel momento? ¿Habrás querido retroceder y habrá sido muy tarde? ¿Habrás querido llamar por teléfono como en el poema de Ernesto Cardenal? ¿Habrás pensado en Dios, en nosotros, en mi? ¿Habrás pensado en él?

23:45
Todo esta consumado. Hace frío pero no lo sientes ya. Tu cuerpo descansa en posición fetal sobre la cama, en medio de la soledad de la habitación. Es una escena hermosa. Si fuera pintor, pintaría quizá un cuadro con ella.
Aún no dejas de respirar pero ello es solo cuestión de tiempo. Tu muerte será consecuencia de un edema pulmonar, que dictaminará el parte médico al día siguiente. Ya es 06 de junio.
....
....

Oración por Marilyn Monroe
de Ernesto Cardenal

Señor
recibe a esta muchacha conocida en toda la tierra con el nombre de
Marilyn Monroe
aunque ése no era su verdadero nombre
(pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
y ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje
sin su Agente de Prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta frente a la noche espacial.
Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia
(según cuenta el Time)
ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo
y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas.
Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras.
Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno
pero también más que eso...
Las cabezas son los admiradores, es claro
(la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz)
Pero el templo no son los estudios de la 20 th Century-Fox.
El templo de mármol y oro- es el templo de su cuerpo
en el que está el Hijo del Hombre con un látigo en la mano
expulsando a los mercaderes de la 20 th Century-Fox
que hicieron de Tu casa de oración una cueva de ladrones.
Señor
en este mundo contaminado de pecados y radioactividad
Tú no culparás tan sólo a una empleadita de tienda.
Que como toda empleadita de tienda soñó ser estrella de cine.
Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor).
Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos
-el de nuestras propias vidas- Y era un script absurdo.
Perdónala Señor y perdónanos a nosotros
por nuestra 20 th Century
Por esta Colosal Super-Producción en que todos hemos trabajado.
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes
para la tristeza de no ser santos
se le recomendó el Psicoanálisis.
Recuerda, Señor su creciente pavor a la cámara
y el odio al maquillaje insistiendo en maquillarse en cada escena-
y cómo se fue haciendo mayor el horror
y mayor la impuntualidad a los estudios.
Como toda empleada de tienda
soñó ser estrella de cine.
Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y archiva.
Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados
que cuando se abren los ojos
se descubre que fue bajo reflectores
¡y apagan los reflectores!
y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematográfico)
mientras el Director se aleja con su libreta
porque la escena ya fue tomada.
O como un viaje en yate, un beso en Singapur, un baile en Río
la recepción en la mansión del Duque y la Duquesa de Windsor
vistos en la salita del apartamento miserable.
La película terminó sin el beso final.
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
Fue como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
y oye tan sólo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER.
O como alguien que herido por los gangsters
alarga la mano a un teléfono desconectado.
Señor
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de Los Angeles
¡contesta Tú el teléfono!

viernes, 3 de junio de 2011

Ella murió de 26

“¿Qué se puede decir de una chica de veinticinco años que murió? Que era linda. Y brillante. Que le gustaban Mozart y Bach. Y los Beatles. Y yo. Una vez, cuando me mezcló adrede con esos tipos musiqueros, le pregunté en qué orden me colocaba y ella contestó sonriendo: "Alfabético". Yo también sonreí entonces. Pero ahora que lo pienso bien, desearía saber si me ponía en la lista por mi nombre de pila -en cuyo caso estaría detrás de Mozart-, o por mi apellido -en cuyo caso estaría entre Bach y los Beatles-. De cualquier modo no me tocaba el primer puesto, lo que por alguna estúpida razón me perturbaba hasta sacarme de quicio (…)”
Erich Segal. Love Story.


Ciudad de Piedra, 04 de junio de 2011

Querida Cecilia

¿Llegará esta carta a su destino?
Te escribo porque no encuentro otra manera, además de mis sueños, de comunicarme contigo.
En los sueños soy un muñeco de las circunstancias, donde me enredo en tramas absurdas y jamás termino diciéndote lo que quería, como en ese cuento de García Márquez que era nuestro favorito y lleva entre sus letras el color azul.
Es cómico y patético a la vez que este sea el titulo de un cuento que intenté escribir por muchos años hasta que finalmente lo logré.
Es cómico y patético también que de pronto se estén desarrollando una serie de eventos en mi vida y de pronto me sienta más solo que nunca. En la más profunda orfandad del extravío. Y el desvarío, como diría Daniel F. Dicen que estoy acompañado, pero la verdad me siento muy solo. Podría ser una copla o la melodía de un vals, pero así me siento.
Parece increíble que dentro de unos pocos días se cumplan 10 años desde que te marchaste. Sin notificación previa o pre-aviso que valga: un día regresé de mis prácticas y mi cuñada me comunicó que ya no estabas. "Eduardo, me dijo, te voy a decir algo pero tienes que ser fuerte: Cecilia ha muerto".
Te pido perdón, Cecilia, porque en ese momento fui terriblemente imbécil, absolutamente mortal y pensé: "si es Cecilia esta bien, lo peor hubiese sido que sea mamá".
Uno no está preparado para ese tipo de noticias y por supuesto yo no lo estaba. Han pasado 10 años y todavía no lo estoy.
En ocasiones recuerdo poco de ti, mi memoria va construyendo a modo de red de pescador remendada la historia de tu existencia. Pero en mis sueños eres vívida, completamente real y palpitante.
Si, Cecilia, te suelo soñar demasiado. Mi madre dice que te comunicas de alguna manera conmigo. Yo, la verdad, no sé si es tu deseo de comunicarte con alguien lo que me hace soñarte con tanta frecuencia o es algún tipo de culpa que a modo de espina me carcome el corazón.
Toda la semana pasada por ejemplo te he soñado.
Es contradictorio porque soñarte me mantiene de alguna manera ligado a ti, a tu memoria, al recuerdo de cómo eras. Pero al mismo tiempo soñarte me coloca de golpe frente a la realidad, una realidad en la que tú ya no estás y nosotros sí.
Y que duro es despertar y no hallarte, Cecilia. Y que duro es despertar y saberse solo y darte cuenta que fue sólo un sueño, que ya no estás. Nunca más. Nevermore, diría el cuervo de Poe.
Mi madre dice que estás en el cielo. Yo no sé si creerle a mi madre o a los curas con quienes he platicado sobre las consecuencias de tu proceder. En todo caso, dondequiera que estés te imagino siempre como te vi en esos últimos días: con tus dos colitas lado a lado, desprovista de maquillaje, embutida en un pantalón de lana marrón y una inmensa chompa que había pertenecido a mamá y de la que te apoderaste.
Para nosotros no había trajes elegantes ni maquillaje elaborado, Cecilia. Eras tú, de la manera cómo te levantabas y de la misma manera en que, por la noche, te ibas a dormir. Nosotros no importábamos o al menos eso querías hacernos pensar.
Quizá el tiempo ha deformado el recuerdo que tengo de ti, Cecilia, pero a veces asoman a mi mente recuerdos extraños, recuerdos en los que capto de pronto una mirada, un movimiento de tus inmensas pestañas, en los que de pronto tus labios se entreabren y se muestran amigables, en los que tu mano tapa tu boca que se perfila en forma de grito y que al final termina por convertirse en una vibrante carcajada, donde te ríes de nosotros, te ríes con nosotros, Cecilia. Y ya no existen más los rostros adustos en la mesa, ni tu mirada pétrea clavada en el borde de la mesa, sino solo sonrisas y más sonrisas compartidas.
Hay ocasiones en que no puedo dormir y me pongo a pensar en ti hasta que de pronto me doy cuenta que ya amaneció. Hay otras, donde me embadurno el alma de pastillas que me transportan a lugares ignotos de donde despierto como si acabara del beber las aguas del mágico leteo: sin recuerdos.
Pero por lo general no dejo pasar un día sin que piense en ti, Cecilia.
Yo no tengo una idea muy clara del cielo y el infierno. O del purgatorio. O de una escena como en la novela de Dante. Mi visión de las cosas es más terrenal y mundana: ella ya no está y su ausencia me agujerea el pecho a diario.
Van a cumplirse 10 años, Cecilia, que rápido pasa el tiempo, caracho. Hoy casi tendrías 36 y estarías peinando, probablemente, sólo probablemente, tus primeras canas. Quizá estarías casada, quizá tendrías hijos. Quizá sería tuya esa hermosa niñita de vestido organdí que en ocasiones descubro espiándome en mis sueños.
Leo de pronto una página al azar de mi viejo diario y de pronto caigo en la cuenta que las cosas no han variado mucho desde que te fuiste. Todavía conservo ese saco marrón que me protegió del frío mientras esperaba por ti, en la calle, afuera, frente al edificio de la morgue. Todavía conservo muchas imágenes y vivencias de esa fría semana de junio en la que te fuiste, en la que el viento me taladraba tu nombre.
Debo reconocerlo, Cecilia. Pueden haber pasado 10 años, pero el viento todavía me grita tu nombre.
...
...
17 junio de 2001 (extracto de un diario)
Estamos 17 de junio, y han pasado tantas cosas en mi vida.
Mi hermana, mi vida –porque uno a veces no sabe quiénes representan pedazos de su vida hasta que la pierden- falleció el miércoles 6 de junio. Tenía sólo 26 años. Mi compañera de toda la vida, con quien pasé una infancia feliz. La creadora de todos mis juegos, ella, no está más.
Simplemente decidió no vivir más sin amor, porque –ahora lo sé- las personas morimos en vida también cuando no tenemos el amor que deseamos.
No puedo escribir mucho. El ánimo me ayuda muy poco.
He pedido licencia en el trabajo hasta quincena de julio. Ni trabajar bien puedo por estos días.
Aún hoy, se me hace difícil hacerme la idea que no oiré más su voz, que no veré más su delgada figurita paseando por las calles, que sus graciosas colitas con las que a veces adornaba su rostro, no ondearan más con el viento...
Y como leí alguna vez, no sé en donde, no puedo dejar de pensar a cada momento en ella: el viento me grita su nombre.
(...)

jueves, 26 de mayo de 2011

krishna o los deseos

Nadie te va a querer como yo te he querido -me dijo.
Sus lágrimas caían sobre la almohada
formando espacios concéntricos y vacíos.
Quien fuera explorador, como decía Silvio Rodriguez
corazón, herido de dudas de amor.
...
...
No puedo escribir de amor, escribí aguna vez
del mismo modo que no soporto una película sosa
un libro de Ivan Thays
o una mujer que me recuerde y no me recuerde a ti
al mismo tiempo.
...
...
No soporto la ausencia
pero tampoco el mutuo contacto
no soporto las contradiciones
y sin embargo mi vida entera es una
(no soporto con mayor razón
las de los demás).
...
...
No me soporto a mi mismo.
...
...
Dicen que cada persona cava su destino
imagino que yo hace mucho dejé de interesarme en el mío
he dejado de desear
-como en ese poema de Heraud (krishna o los deseos)-
muchas cosas que antes consideraba imprescindibles.
...
...
Y sin embargo todavía sueño
y sn embargo todavía vivo.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Hoy cumpliría 36

Le dije señor que tal, soy Pedro
¿Se acuerda de mí? ¿Qué fue de su hija?
Me dijo, cómo ¿no sabes?... ella murió.

Pedro Suárez.

Querida Cecilia,
Es gracioso como a veces pasa el tiempo y ni siquiera lo notas.
Han pasado ya diez años desde que nos dejaste y parece que hubiera sido ayer y parece que nunca hubiera ocurrido. Hoy cumplirías 36. La misma edad con que contaba Marylin cuando murió.
A veces me esfuerzo en recordar el tono de tu voz, la intensidad de tu mirada, el sonido de tu risa, pero es inútil. Mi cerebro alberga cada vez menos imágenes fragmentadas de tu recuerdo.
A veces creo recordar algo pero no estoy seguro si es que realmente he recordado o es mi cerebro quien se empeña en recrear mi necesidad de hacerlo y como un niño, me complace.
Otras veces pienso que te he olvidado. Pueden pasar semanas completas y parece que no pienso en ti y entonces pienso que así efectivamente, debe ser la muerte: el olvido final.
Luego llegas de golpe y te insertas una vez más en mi vida. A veces siento como si no te hubieras marchado, como si de alguna manera siempre estuvieras aquí, conmigo, cuidando cada uno de mis pasos, como la hacías cuando era pequeño y tu dos años mayor ¿recuerdas?. En ese entonces fingías que mi pequeña existencia no te importaba pero yo sabía bien de tu necesidad de protegerme, como cuando me cogías de la mano al cruzar la avenida para ir al colegio sin que nadie te dijera o cuando me defendías de tus compañeritas mayores que se mofaban de mí llamándome "Cecilio".
Todavía recuerdo el día en que hicimos no se qué travesura. Muy terrible debe haber sido que nos castigaron a ambos. Tú no podías soportar el verme llorar y te echaste la culpa aunque sabías bien que el causante era yo.
Cecilia, Cecilia. No debe haber sido cosa fácil nacer antes que yo. Tú eras la engreída de la casa y de pronto llegué yo. Mi madre me confesó un día que fuiste planificada, que fuiste hecha con amor. Yo nací de los últimos vestigios de odio en el corazón de nuestros padres. Fui un hijo no deseado que llegó a insertarse en nuestro mundo familiar en el peor momento y quizá a causa de ello recibí en alguna oportunidad más atenciones que tú. Después de todo, tú ya eras grande, yo aún pequeño, tu ya no necesitabas de aquellos juguetes que de pronto pasaron a ser míos. Tú debiste crecer de pronto, tu consigna no era ya el jugar con tus muñecos sino el cuidar de tu hermano, aún pequeño.
La gente a veces solía decir que nos parecíamos. Yo no entendía cómo podían decir ello, si a mi me daba la impresión que tú eras lindísima y yo andaba algo rezagado en los cánones de la belleza. Pero algo de similitud habría quizá en nuestras miradas que hacía que de inmediato se nos asociase como hermanos donde quiera que íbamos.
No debe haber sido cosa fácil verme crecer. Verme convertirme de pronto en adolescente y luego en hombre. Tampoco debe haber sido sencillo sentir que en alguna oportunidad se me otorgó alguna posibilidad que a ti te fue negada. Nunca me perdonaste el hecho que yo pudiera asistir a una universidad privada mientras tú debiste conformarte con la estatal.
Y lo cierto es que eras tremendamente más inteligente que yo. Quizá la más inteligente de toda la familia. Eras algo así como un talento desperdiciado.
A veces no pienso en ti, es cierto, pero otras no puedo dejar de hacerlo. Hoy por ejemplo, me he pasado todo el día intentando no pensar en por qué me he sentido de esta manera. Le he echado la culpa a la ausencia de mis medicamentos, al clima, al hecho de vivir solo, a la vida. Pero la verdad sea dicha sucede que no he querido hasta ahora sentarme y pensar en ti.
No sino hasta ahora que me veo enfrentado con mis pensamientos y me veo obligado a ello.
Pienso en ti y te veo en dos colitas, con tu pantalón de lana marrón -nada estético- y una chompa de lana roja que había pertenecido a mamá y que atesorabas. En casa no había motivo para andar bonita. Nosotros, lo de adentro no importábamos.
En realidad habíamos dejado de importarte desde hace mucho tiempo. Ya ni siquiera nos mirabas. Recuerdo que en alguna oportunidad (debió ser en los últimos tiempos) alguien hizo una broma sobre ti en la mesa: debió de haber sido una buena broma, una magnífica broma, una estupenda broma que te obligó a levantar los ojos del plato y sonreír tímidamente. Me he quedado por años con el recuerdo de esa sonrisa.
Han pasado ya diez años Cecilia. Hoy me gustaría decirte tantas cosas. Comenzar a escribirte esa extensa carta que un día prometí te escribiría y hasta ahora no empiezo. Visitarte mas a menudo como antes, cuando me sentía solo o sencillamete estaba en esos días.
Mas tarde seguro iremos a verte. Como todos los años mi madre dirá algunas palabras y los demás guardaremos silencio. Luego almorzaremos en familia y comenzaremos a sonreír uno a uno, como quien va saliendo de un largo sueño.
Y estarás allí presente en cada uno de nosotros. Aunque no quieras. Ya no te importará la edad, ni andar con la vestimenta adecuada. No te importará cumplir 36 ni sentirás que el tiempo ha pasado sobre tu rostro y que ni las cremas o el gimnasio pueden remediar lo ocurrido. Y sonreirás, como aquel día que tengo grabado en mis recuerdos. Y serás feliz aunque sea un instante. Y no podrás dejar de hacerlo. No podrás.

jueves, 22 de abril de 2010

Norma Jeane Baker

Hoy me he quedado en vela hasta muy entrada la madrugada, mirando antiguas fotografias tuyas, descoloridas por el tiempo y por lo años. Intentado descifrar algo en algun resquicio de las arruguitas que comenzaban a dibujarse en tu rostro (descubri dos).

Hoy descubri que eras tambien humana, que llevabas un corazon detras de la coraza. Hoy pense demasiado en ti.

Vi algunas fotografias tuyas, ineditas decia la pagina de donde las extraje. Pense en las demas fotografias, aquellas que aun pernanecen ocultas, donde luces sonrisas sin coqueteos y poses sin aires de diva fatal.

Pense en la historia de tu muerte una vez mas, en la forma en que decian te hallaron, desnuda sobre tu amplia cama, con la mano estirada hacia el telefono como en actitud de llamar a alguien y pense en aquel poema de Cardenal, diciendo "contesta tú el teléfono".

Pense en contestar esa llamada aquel 5 de agosto de 1962 , en decirte algo el oido (quiza muy poco). Pense en que quiza pudimos ser amigos, sin oropeles, sin maquillaje. Solo Norma Jean en vez de la Marylin que todos creian conocer. Pense en que quiza ella seria como tu, a diferencia que tu llegaste a 36 y ella tan solo a 26. Pense muchas cosas.

Imagine tu timidez escondida y la mia expuesta a flor de piel. Mi ingles chapurreado y tu castellano inintelegible. Imagine ser yo el que llevaba sobre el regazo esa guitarra aquel dia, intentando rasguñar la veitiunica melodia que aprendi desde muy chico.
Yo no era Joe DiMaggio, ni Arthur Miller, pero tu sonreias... y tu risa era mas fresca y natural que nunca.