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jueves, 24 de abril de 2014

Tal vez no seas el amante más fogoso que he tenido, pero eres el que más he deseado amar


No habían transcurrido ni cinco minutos luego de concluir la sesión amatoria y lo dijiste.
"Tal vez no seas el amante más fogoso que he tenido, pero eres el que más he deseado amar"
La frase me cayó como un elefante desde un segundo piso. Me dejó fulminado en el acto. Mi virilidad, hasta ese momento todavía turgente, se redujo de pronto a su mínima expresión. 
Tuve que repetir la frase varias veces en mi cabeza hasta llegar a comprenderla.
No, darling, contigo no caben las metáforas, ni las alegorías o suposiciones. Tu verbo no es florido, sino simple, directo, diáfano, casi viceral.
Observé en silencio, casi con respeto, tu cuerpo desnudo, enredado contra el mío, como en aquella pintura de Schiele que te gustaba. Tus claros, mis oscuros.
Mi virilidad languidecía, pero mi corazón me palpitaba en el pecho, vibrante, almost radiante.
Se me vino a la mente aquella historia sobre el tiempo y sus efectos sobre los cuerpos, sobre los placeres mundanos. 
Al final se trata tan solo de dos cuerpos viejos queriéndose amar. Debes escoger alguien con quien no te cansarías de conversar toda la vida, con quien sea una permanente aventura intelectual el hablar.
Acaricié con cuidado el dorso de una de tus manos por unos segundos. Qué importaba si no era yo tu mejor amante, que no fueras tú el mejor sexo que tuve.
Recordé haber leído en algún lugar que dos manos también pueden hacer el amor.
No hubo sexo brutal, tu fantasía mas terrenal, ni un orgasmo espasmódico al finalizar.
Simplemente entrelacé mis dedos con los tuyos y comenzamos a hablar.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Yo podría hacer que te enamores de mi


- Yo podría hacer que te enamores de mi -me dijo besándome. 
-¿Y que te ame?
- No. Eso es distinto.
- ¿Y que te haga el amor?
- Tampoco.
- ¿Entonces?
- Podría lograr tan solo que te enamores de mi. Pero no quiero. Deje de desearlo desde el día siguiente en que te conocí. En que me paralizaste con tus ojos inmensos, desde que me lanzaste el primer "hola" y cuando comencé a extrañarte, luego que te despediste con un simple "adiós".
- Yo en cambio podría lograr algo distinto.
- ¿Qué?
- Podría hacer que mueras por  mi.
- Adiós - dijo el zorro.
- Hasta pronto - respondió el principito.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Amor


Yo creo que eso del amor como te desgasta, te hace tan deliciosamente -y relativamente- feliz que olvidas en qué consiste realmente vivir. O no vivir, que es lo mismo. Y es igual.
Yo creo que el amor hace que termines enredándote en una sarta de caracoles, que mordisquean tus piernas hasta hacerte perder el encanto.
Terminas quedándote sin ideas, desprovisto (a) de esa condición pseudo material que te hacía único (a) y va aflorando en ti, una nueva pose, una sombra de lo que alguna vez fuiste (o intentaste ser).
Una melodía. O el inicio de una canción que no culminarás. 
Las sombras no existen.  Tus balbuceos tampoco.
(Vosotros lo que entraís, perded todo esperanza)

sábado, 26 de mayo de 2012

Oído al pasar

Oído al pasar:
Sujeto 1: "Te digo algo, después del amor, viene el arrepentimiento"
Sujeto 2: "¿Y que ocurre cuando después del arrepentimiento viene el amor?"

martes, 22 de mayo de 2012

Cuento de la princesa y el dragón

"(...) es lo mas hermoso del mundo
saber que a veces no eres la reina de nadie
pero siempre seras la princesa de papá".
Millhka
Había una vez una princesa. No me pregunten en que país ni en qué época. Tampoco me pregunten el motivo, pero el caso es que debía ser entregada para ser devorada por un horrible dragón. Faltando poco tiempo para su sacrificio se aparece un desconocido caballero. Le promete liberarla. La princesa duda e intenta mas bien convencerlo que escape mientras pueda: su destino está escrito y debe ser entregada al dragón. El caballero se empecina, su pequeñez se enfrenta al gigantesco dragón. Se produce una lucha dispareja, casi épica. Finalmente el caballero consigue dar muerte al dragón y rescatar a la princesa de la prisión en la que se encontraba.
No quiero cuestionar mi sexualidad (no hoy), pero a veces he pensado cómo se sentiría ser por algún tiempo indefinido la princesa. Sentir que alguien de brillante armadura me rescata (asumiendo que quiero ser rescatada), me convence que no llevo tatuado sobre la frente mi destino o la estigma del pecado que los ángeles se encargaron de borrar con sus alas de la frente de Dante. A veces agota eso de tener que ser el caballero siempre, esos convencionalismos que nos  convencen a hombre y mujeres que tenemos un papel predefinido en la sociedad, en el cortejo, en la vida familiar, en el sexo.
Protege a tu hermanita, tú eres el hombrecito, sírvele más porque es varoncito, ya vas a llorar como mujercita, tienes que hacerla llegar.
Lo he oído tantas veces. De diferentes manera y de mil formas distintas.
A mi me gusta esa canción de Sabina que dice "Yo quiero ser una chica Almodóvar...". No se si es un rasgo de feminidad en mi personalidad del cual deba avergonzarme o mas bien sentirme orgulloso.
El problema de muchos de nosotros, los varones, es que jamás seremos la reina de nadie. Tampoco la princesa de papá (yo ni tengo papá). A lo sumo debemos conformarnos con ser el rey de la casa (que es diferente a ser el rey de la selva) o el rey de mamá, de pequeños. Alguno dirá que eso es superior, que deberíamos conformarnos, pero yo no estaría tan seguro dado que las prestaciones (y beneficios) asociadas a una u otra condición difieren.
Debe ser bonito sentir que alguien también luche por ti, que te cautive con su galantería, que te abra la puerta, que te enamora y escandaliza con sus atenciones, que te trate como una reina aunque tu sitio sea más bien el de rey. Debe ser bonito, también, un día cualquiera, sentirse como una princesa arrobada por la osadía de su caballero, sentirse una bellaca, una puerca, una majadera, una zorra, una puta. Sentir que no tienes la obligación, ni la necesidad de retener tu orgasmo hasta que ella consiga el suyo, que puedes confundir tu sexo con aquél hasta que desaparezcan las categorías de masculinidad y feminidad. Que ningún cromosoma te define ni tu a aquél. Sin categorías. Alma-alma. Como dos manos que se encuentran en la oscuridad de un cine y hacen el amor.

jueves, 19 de abril de 2012

Quisiera despojarme de ti

Quisiera despojarme de ti
de tu recuerdo
de tu impenetrable olor
de tu mirada que me persigue mientras duermo
del estridente sonido de tu sonrisa
de tus pies pequeños
tus manos pálidas
como si se trataran de prendas
que ya no pienso emplear.
Comenzaría descalzándome
con parsimonia
y por qué no, un poco de desdén.

jueves, 2 de febrero de 2012

Silvio

Algunas cosas son más que difíciles.
Como cuando te resistes a ver la verdad clavada en tus narices.
Como cuando no quieres aceptar una mentira.
Como cuando te empeñas en no ser burlado a pesar de haber consentido previamente a ello.
Como cuando huyes del desamor pero ya hace mucho dejaste de amarte.
Como cuando esperas la muerte que no llega. O el amor. Que, no es lo mismo. Pero es igual.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Missing Cecilia

Para qué usar eufemismos
o palabras elaboradas.
Para qué procurar
dorar más la píldora.
La verdad
es cruda y simple
te extraño como la puta madre, Cecilia.

Mañana

Mañana estás de cumpleaños
y hoy te extraño más que nunca.
Te fuiste
estas tan lejos
y yo también.

martes, 7 de junio de 2011

Cronología de un final no anunciado (ii)

Le dije señor q tal soy Pedro se acuerda de mi?
¿Qué fue de su hija?
Me dijo cómo ¿no sabes?... ella murió.
Suárez Vértiz. Talk Show.

07:00
Ya era 06 de junio. Todo estaba consumado en ese instante. El parte policial dictaminó que la hora aproximada de tu deceso fue a la medianoche. A esa hora todos en casa dormíamos plácidamente ignorantes de lo sucedido. Quizá alguno de nosotros tuvo frío o se levantó por la noche a orinar. Pero ninguna de esas cosas fue relevante como para advertir que detrás de tu puerta -permanentemente cerrada- no estabas (no estarías) nunca más.

08:00
Me levanté y a regañadientes me metí a la regadera. Hacía frío, pero no había dinero para comprar una terma. El escaso sueldo de mamá y mi hermano alcanzaba apenas para pagar la pensión de la Universidad. Tomé un ralo desayuno, me puse ese terno plomo que acababa de estrenar no hace mucho y del que estaba orgulloso (mi primer terno adquirido con mis propinas de practicante) y me encaminé a clases. Luego al estudio.

12:00
Alguien tocó la puerta de mi casa. Mi mamá esta sola. Era una señora acompañada de un cura. Sus rostros estaban lívidos y tartamudeaban al hablar. Le preguntaron si es la casa de Cecilia. Mi madre contestó con un sí afirmativo con la cabeza. El padre comenzó a hablar de Dios, del cielo, de un mundo mejor donde el cuerpo no sufre y el alma sonríe por toda la eternidad. Mi madre lo escucha como en medio de un sopor, de una neblina, de un sueño. "Su hija ha muerto", le dice de pronto al ver que no comprendía. "Quiero verla", responde. "Quiero verla", repite.

12:30
Fue sencillo llegar. El hotel quedaba a pocas cuadras de la casa. Hasta en eso habías pensado, Cecilia. No sería prudente hacer caminar a mamá tanto. En el camino se encontró con mi tío Francisco. Una hora después llegó Darío, quien telefoneó a mi otra hermana explicándole lo sucedido. No pudo terminar lo que estaba diciendo, pues mi hermana se desplomó en un llanto que parecía no acabar nunca.

15:00
Los presentimientos. No suelo creer en ellos, pero aquel día no sé por qué motivo decidí salir más temprano del Estudio y en vez de dirigirme a la Universidad a estudiar -como siempre- encaminarme a mi casa. Fue mi cuñada quien me comunicó lo ocurrido. Recuerdo que llevaba el terno puesto. Me desnudé y me coloqué cualquier cosa sobre el cuerpo. Salí como un demente, en dirección al hotel, a pocas cuadras de mi casa. Mis piernas me ardían del esfuerzo, pero eso no me importaba. Cómo odié no poder correr más rápido en aquel momento. Mis torpes piernas no ayudaban.

15:10
Llegué con el alma en vilo. Estaba agitado. Afuera divisé una camioneta de la Policía. "Soy su hermano", les dije. No me dijeron nada, solo se hicieron a un lado. En el interior estaba mi madre, mi tío Francisco y Darío. Mi mamá me abrazó. Sus manos parecían una garra que de un momento a otro destrozarían mi cuello. Darío, como siempre, tenía el rostro imperturbable y esa expresión de tranquilidad que oculta la desesperanza. Quise entrar. "Mejor no", me dijo mi tío Francisco. "No se puede quedar aquí", dijo la casera de pronto, rompiendo el silencio. "La muerte solo trae problemas". "Y mala suerte", remató.

15:30
Decidimos que entraríamos Darío y yo. La Policía había ingresado antes y cubierto su cuerpo con una sábana. Suspiré aliviado. Al menos no la vería en ese estado. Él la cargó de la cabeza y yo de los tobillos. Por debajo de la sábana, sentí su cuerpo rígido y frío, como de esos animales que encuentras atropellados en la calle.
Bajamos por las escaleras a tropezones. Parecía más pesado que nunca. Lo pusimos sobre la tolva de la camioneta. "Hay que llevarla a la morgue", nos dijo el Policía. "Luego ya se verá que hacer con el cuerpo". Nos subimos al auto de mi hermano, en silencio y seguimos el auto de la Policía en el que Cecilia yacía dado tumbos, mientras recorría las frías calles de la Ciudad de Piedra.

domingo, 5 de junio de 2011

Cronología de un final no anunciado (i)

19:00
Probablemente ya llevabas las pastillas contigo, compradas a algún inescrupuloso boticario que si conociera su identidad ya estaría en prisión hace mucho tiempo. Intuyo que tenías clara la decisión que tomarías algunas horas después. Llevabas dinero contigo. Ese no fue un problema.
Había que escoger un lugar. Quizá en ese momento pensaste en mamá. Decías que no, pero sabías bien lo mucho que la querías. Pensaste lo terrible que sería para ella llegar hacia ti y descubrirte en ese momento de dolor.
Hacía frío esa noche. Saliste poco abrigada, con una casaquita de color morado y una falda color negro. Estabas bonita, como en esa foto que llevo clavada en mi mente. Buscabas un lugar. De pronto alzaste la mirada y lo encontraste.

21:00
En paralelo, yo bajaba del colectivo que me devolvía de mis clases de inglés. Supongo que llegué a la casa, saludé a mi madre y cené tal y como lo hacía todas las noches. Probablemente noté tu puerta cerrada, pero ni siquiera pensé en ello. Hace muchos años que esa puerta se había cerrado para mí. Para los demás. Para todos excepto para ti. Me puse el pijama, quizá leí un poco y luego dormí.

22:00
Tuviste hambre. Tu cuerpo te exigía lo que todo cuerpo exige a su dueño: vivir. Y para vivir debías de alimentarte. Bajaste de la habitación que habías alquilado y le preguntaste a la regente si vendía algún tipo de comida. Te contestó negativamente pero se ofreció a conseguirte algún tipo de sopa de un puesto cercano. "Súbeme cualquier infusión", le pediste. "Mañana tengo un examen importante y debo estudiar toda la noche. Que nadie me moleste por favor", concluiste.

23:00
¿Lo habrás dudado en algún momento antes de ingerirlas? Tenías la bebida caliente que la regente te acababa de subir. Quizá la última oportunidad de algún contacto humano hiciera que desistieras de tu propósito. Pero no fue así.
Tu estómago vacío te exigía algún tipo de comida, pero eso parecía ya no importarte. Abriste la boca (tu hermosa boquita rosada que tantas veces se quebró en una sonrisa) y comenzaste a introducir en ella una a una las pastillas que llevabas en una bolsa: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10... Quizá llorabas cuando llegaste a la última. Jamás sabré eso.

23:15
Llevabas un papel y sacaste un lapicero de tu cartera. También eso lo tenias dispuesto. Iniciaste con un "Querida familia..." y nos comenzaste a mencionar uno a uno hasta que llegaste a mi nombre. En algún momento de la misiva tus trazos empezaron a perder forma, las letras se confundían unas con otras hasta que se diluyeron finalmente en una línea.
¿Te habrás arrepentido en aquel momento? ¿Habrás querido retroceder y habrá sido muy tarde? ¿Habrás querido llamar por teléfono como en el poema de Ernesto Cardenal? ¿Habrás pensado en Dios, en nosotros, en mi? ¿Habrás pensado en él?

23:45
Todo esta consumado. Hace frío pero no lo sientes ya. Tu cuerpo descansa en posición fetal sobre la cama, en medio de la soledad de la habitación. Es una escena hermosa. Si fuera pintor, pintaría quizá un cuadro con ella.
Aún no dejas de respirar pero ello es solo cuestión de tiempo. Tu muerte será consecuencia de un edema pulmonar, que dictaminará el parte médico al día siguiente. Ya es 06 de junio.
....
....

Oración por Marilyn Monroe
de Ernesto Cardenal

Señor
recibe a esta muchacha conocida en toda la tierra con el nombre de
Marilyn Monroe
aunque ése no era su verdadero nombre
(pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
y ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje
sin su Agente de Prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta frente a la noche espacial.
Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia
(según cuenta el Time)
ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo
y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas.
Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras.
Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno
pero también más que eso...
Las cabezas son los admiradores, es claro
(la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz)
Pero el templo no son los estudios de la 20 th Century-Fox.
El templo de mármol y oro- es el templo de su cuerpo
en el que está el Hijo del Hombre con un látigo en la mano
expulsando a los mercaderes de la 20 th Century-Fox
que hicieron de Tu casa de oración una cueva de ladrones.
Señor
en este mundo contaminado de pecados y radioactividad
Tú no culparás tan sólo a una empleadita de tienda.
Que como toda empleadita de tienda soñó ser estrella de cine.
Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor).
Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos
-el de nuestras propias vidas- Y era un script absurdo.
Perdónala Señor y perdónanos a nosotros
por nuestra 20 th Century
Por esta Colosal Super-Producción en que todos hemos trabajado.
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes
para la tristeza de no ser santos
se le recomendó el Psicoanálisis.
Recuerda, Señor su creciente pavor a la cámara
y el odio al maquillaje insistiendo en maquillarse en cada escena-
y cómo se fue haciendo mayor el horror
y mayor la impuntualidad a los estudios.
Como toda empleada de tienda
soñó ser estrella de cine.
Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y archiva.
Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados
que cuando se abren los ojos
se descubre que fue bajo reflectores
¡y apagan los reflectores!
y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematográfico)
mientras el Director se aleja con su libreta
porque la escena ya fue tomada.
O como un viaje en yate, un beso en Singapur, un baile en Río
la recepción en la mansión del Duque y la Duquesa de Windsor
vistos en la salita del apartamento miserable.
La película terminó sin el beso final.
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
Fue como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
y oye tan sólo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER.
O como alguien que herido por los gangsters
alarga la mano a un teléfono desconectado.
Señor
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de Los Angeles
¡contesta Tú el teléfono!

viernes, 3 de junio de 2011

Ella murió de 26

“¿Qué se puede decir de una chica de veinticinco años que murió? Que era linda. Y brillante. Que le gustaban Mozart y Bach. Y los Beatles. Y yo. Una vez, cuando me mezcló adrede con esos tipos musiqueros, le pregunté en qué orden me colocaba y ella contestó sonriendo: "Alfabético". Yo también sonreí entonces. Pero ahora que lo pienso bien, desearía saber si me ponía en la lista por mi nombre de pila -en cuyo caso estaría detrás de Mozart-, o por mi apellido -en cuyo caso estaría entre Bach y los Beatles-. De cualquier modo no me tocaba el primer puesto, lo que por alguna estúpida razón me perturbaba hasta sacarme de quicio (…)”
Erich Segal. Love Story.


Ciudad de Piedra, 04 de junio de 2011

Querida Cecilia

¿Llegará esta carta a su destino?
Te escribo porque no encuentro otra manera, además de mis sueños, de comunicarme contigo.
En los sueños soy un muñeco de las circunstancias, donde me enredo en tramas absurdas y jamás termino diciéndote lo que quería, como en ese cuento de García Márquez que era nuestro favorito y lleva entre sus letras el color azul.
Es cómico y patético a la vez que este sea el titulo de un cuento que intenté escribir por muchos años hasta que finalmente lo logré.
Es cómico y patético también que de pronto se estén desarrollando una serie de eventos en mi vida y de pronto me sienta más solo que nunca. En la más profunda orfandad del extravío. Y el desvarío, como diría Daniel F. Dicen que estoy acompañado, pero la verdad me siento muy solo. Podría ser una copla o la melodía de un vals, pero así me siento.
Parece increíble que dentro de unos pocos días se cumplan 10 años desde que te marchaste. Sin notificación previa o pre-aviso que valga: un día regresé de mis prácticas y mi cuñada me comunicó que ya no estabas. "Eduardo, me dijo, te voy a decir algo pero tienes que ser fuerte: Cecilia ha muerto".
Te pido perdón, Cecilia, porque en ese momento fui terriblemente imbécil, absolutamente mortal y pensé: "si es Cecilia esta bien, lo peor hubiese sido que sea mamá".
Uno no está preparado para ese tipo de noticias y por supuesto yo no lo estaba. Han pasado 10 años y todavía no lo estoy.
En ocasiones recuerdo poco de ti, mi memoria va construyendo a modo de red de pescador remendada la historia de tu existencia. Pero en mis sueños eres vívida, completamente real y palpitante.
Si, Cecilia, te suelo soñar demasiado. Mi madre dice que te comunicas de alguna manera conmigo. Yo, la verdad, no sé si es tu deseo de comunicarte con alguien lo que me hace soñarte con tanta frecuencia o es algún tipo de culpa que a modo de espina me carcome el corazón.
Toda la semana pasada por ejemplo te he soñado.
Es contradictorio porque soñarte me mantiene de alguna manera ligado a ti, a tu memoria, al recuerdo de cómo eras. Pero al mismo tiempo soñarte me coloca de golpe frente a la realidad, una realidad en la que tú ya no estás y nosotros sí.
Y que duro es despertar y no hallarte, Cecilia. Y que duro es despertar y saberse solo y darte cuenta que fue sólo un sueño, que ya no estás. Nunca más. Nevermore, diría el cuervo de Poe.
Mi madre dice que estás en el cielo. Yo no sé si creerle a mi madre o a los curas con quienes he platicado sobre las consecuencias de tu proceder. En todo caso, dondequiera que estés te imagino siempre como te vi en esos últimos días: con tus dos colitas lado a lado, desprovista de maquillaje, embutida en un pantalón de lana marrón y una inmensa chompa que había pertenecido a mamá y de la que te apoderaste.
Para nosotros no había trajes elegantes ni maquillaje elaborado, Cecilia. Eras tú, de la manera cómo te levantabas y de la misma manera en que, por la noche, te ibas a dormir. Nosotros no importábamos o al menos eso querías hacernos pensar.
Quizá el tiempo ha deformado el recuerdo que tengo de ti, Cecilia, pero a veces asoman a mi mente recuerdos extraños, recuerdos en los que capto de pronto una mirada, un movimiento de tus inmensas pestañas, en los que de pronto tus labios se entreabren y se muestran amigables, en los que tu mano tapa tu boca que se perfila en forma de grito y que al final termina por convertirse en una vibrante carcajada, donde te ríes de nosotros, te ríes con nosotros, Cecilia. Y ya no existen más los rostros adustos en la mesa, ni tu mirada pétrea clavada en el borde de la mesa, sino solo sonrisas y más sonrisas compartidas.
Hay ocasiones en que no puedo dormir y me pongo a pensar en ti hasta que de pronto me doy cuenta que ya amaneció. Hay otras, donde me embadurno el alma de pastillas que me transportan a lugares ignotos de donde despierto como si acabara del beber las aguas del mágico leteo: sin recuerdos.
Pero por lo general no dejo pasar un día sin que piense en ti, Cecilia.
Yo no tengo una idea muy clara del cielo y el infierno. O del purgatorio. O de una escena como en la novela de Dante. Mi visión de las cosas es más terrenal y mundana: ella ya no está y su ausencia me agujerea el pecho a diario.
Van a cumplirse 10 años, Cecilia, que rápido pasa el tiempo, caracho. Hoy casi tendrías 36 y estarías peinando, probablemente, sólo probablemente, tus primeras canas. Quizá estarías casada, quizá tendrías hijos. Quizá sería tuya esa hermosa niñita de vestido organdí que en ocasiones descubro espiándome en mis sueños.
Leo de pronto una página al azar de mi viejo diario y de pronto caigo en la cuenta que las cosas no han variado mucho desde que te fuiste. Todavía conservo ese saco marrón que me protegió del frío mientras esperaba por ti, en la calle, afuera, frente al edificio de la morgue. Todavía conservo muchas imágenes y vivencias de esa fría semana de junio en la que te fuiste, en la que el viento me taladraba tu nombre.
Debo reconocerlo, Cecilia. Pueden haber pasado 10 años, pero el viento todavía me grita tu nombre.
...
...
17 junio de 2001 (extracto de un diario)
Estamos 17 de junio, y han pasado tantas cosas en mi vida.
Mi hermana, mi vida –porque uno a veces no sabe quiénes representan pedazos de su vida hasta que la pierden- falleció el miércoles 6 de junio. Tenía sólo 26 años. Mi compañera de toda la vida, con quien pasé una infancia feliz. La creadora de todos mis juegos, ella, no está más.
Simplemente decidió no vivir más sin amor, porque –ahora lo sé- las personas morimos en vida también cuando no tenemos el amor que deseamos.
No puedo escribir mucho. El ánimo me ayuda muy poco.
He pedido licencia en el trabajo hasta quincena de julio. Ni trabajar bien puedo por estos días.
Aún hoy, se me hace difícil hacerme la idea que no oiré más su voz, que no veré más su delgada figurita paseando por las calles, que sus graciosas colitas con las que a veces adornaba su rostro, no ondearan más con el viento...
Y como leí alguna vez, no sé en donde, no puedo dejar de pensar a cada momento en ella: el viento me grita su nombre.
(...)

viernes, 4 de marzo de 2011

¿Recuerdas cuando pintabas?

Aún recuerdo esos días en los que me gustaba acompañar mis pasos, camino a la escuela, con un libro de historias y una canción escondida a media tinta entre los labios.
De los libros que leía en esos tiempos recuerdo poco, pero la canción la tengo presente en mi memoria, incluso hasta hoy.
Era una vieja tonada de un -ahora desvencijado actor y cantante- llamado Guillermo Dávila, quien por ese tiempo era una suerte de galán novelero de muchachitas quinceañeras (Wikipedia lo define como "el ídolo de esta generación" haciendo referencia a los inolvidables años 80).
La canción, para las personas que quieran hacer memoria, empezaba algo así como:
"Me pongo a pintarte y no lo consigo, después de estudiarte, lentamente termino pensando, que falta sobre mi paleta, colores intensos que reflejen tu rara belleza".
Me gustaba que esa melodía me acompañara los aproximadamente quince minutos que demoraba mi caminata de mi casa al colegio y del colegio a mi casa. Durante ese transcurso, la entonaba una y otra vez de manera metódica, dándole una connotación distinta en cada oportunidad que lo hacía.
Había algo en su contenido, en la sencillez de su letra, que simplemente me mejoraba el día, cualquiera que hubiere sido el desenlace de este.
Había también por supuesto alguna que otra musa que por aquel entonces hacía suspirar mi corazón infantil, con un amor puro, sincero, desprovisto de esa connotación que la adultez trae consigo.
Una de ellas era Gabriela. La otra se llamaba Lourdes. Ambas llenaban mis días de mil fantasías en las que de pronto yo aparecía como esos galanes de esas películas desvencijadas y en blanco y negro que veía por las noches con mi hermana. En esas fantasías, aparecía como alguien similar a un héroe, una suerte de conquistador prehispánico que las enamoraba con mi verbo florido y mi personalidad arrolladora. Todo, por supuesto, completamente alejado de la realidad, de mis manos sudorosas y mi timidez extrema que no me permitía articular mas de tres palabras sin ruborizarme.
Yo entonaba las canciones de Guillermo Dávila y pensaba en Gabriela o en Lourdes. Lo más probable era que ellas no pensaran o repararan en mi, pero en las fantasías que construía camino a la escuela, sí. Creo que fue en aquellos días cuando comencé a urdir en mi imaginación mis primeras historias. Cosa particular y paradójica, pues siempre he afirmado que no puedo escribir historias de amor.
Recuerdo que antes de iniciar con la consabida tonada de Guillermo Dávila susurraba en mi interior: "Para Gabriela" o "Para Lourdes" y aquella fórmula mágica bastaba para que la canción adquiriera un significado especial. Probablemente era demasiado pequeño para comprender lo que significaba el amor (quizá nunca sea lo suficientemente "mayor" como para entenderlo) pero en ese tiempo las cosas me parecían más simples de lo que se volvieron mucho tiempo después, cuando adquirí algo de aplomo a fuerza de proponérmelo y aprendí a esconder el sudor de mis manos.
A medida que pasó el tiempo, la imagen de Lourde o Gabriela se ha ido deteriorando como una vieja pintura que reclama urgente su restauración: los trazos se confunden unos con otros y se me hace complicado diferenciar la entonación de las cejas de la expresión de sus miradas y la tonicidad de sus labios. La canción de Guillermo me hace recordar esos tiempos con mucha nostalgia, aspiraba crecer pronto, ser adulto para poder conseguir una novia linda, enamorarme de ella y hacer que se volviera loca por mi, como en los cuentos de hadas y las historias que culminan con un final feliz.
Ahora se que no todas las historias culminan con un final feliz, que los cuentos de hadas, de faunos, de duendes mágicos y unicornios azules que se pierden para luego ser encontrados, no existen. No obstante en ocasiones, me gusta cerrar los ojos en la oscuridad de la habitación, musitar "Para..." y empezar un tarareo bajito que inicia con un "Me pongo a pintarte...".

domingo, 31 de octubre de 2010

Unicornio azul

No importa la forma que adoptes
no importa el animal que quieras ser
unicornio, gato, roedor, palmípedo o simple mapache.
No importa cuanto te demores en nacer, aparecer
morir o re-inventarte para volver a existir.
No importa que pasen los años
no importa me odies
(o digas que me odias,que no es lo mismo)
no importa me hayas olvidado ya.
No importa que apenas recuerdes mi nombre
no importa que no llores al momento de hacer el amor.
Lo único que te pido es una cosa
se azul, mantente por siempre azul.

domingo, 24 de octubre de 2010

Ventajas & desventajas

No conozco el amor
tampoco la amistad
(dos superficies de una misma moneda)
tampoco su cara más profunda
conozco apenas
alguna que otra
tenue faceta
su perfil tornasolado
su risa entre sardónica y procaz
conozco el sonido de sus pasos
acercándose
y luego alejándose, pensativos
conozco su olor
tan peculiar
reconocería
el calor de su mirada
en mi piel
sin importar el lugar donde anduviera.
No conozco el amor
pero éste tampoco me conoce a mi
y quizá esto constituya una ventaja.

viernes, 1 de octubre de 2010

Hoy me llamaron maldito

Hoy me llamaron maldito.
La verdad no me siento alguien maldito.
La palabra en sí suena peyorativa, brutal. Busqué en el diccionario su significado, intentando desentrañar la intención del autor de tan procaz insulto. Encontré las siguientes definiciones:

maldito, ta.
(Del part. irreg. de maldecir; lat. maledictus).
1. adj. Perverso, de mala intención y dañadas costumbres.
2. adj. Condenado y castigado por la justicia divina. U. t. c. s.
3. adj. De mala calidad, ruin, miserable. En esta maldita cama se acostó
4. adj. coloq. ninguno. No sabe maldita la cosa
5. adj. coloq. Que molesta o desagrada. Este maldito ruido que me está dejando sordo
6. f. coloq. Lengua humana. LA maldita


Pensé si en algún momento había sido perverso, de mala intención, si mis costumbres estaban dañadas. Pensé que quizá mi corazón y por qué no, mi mente ha sufrido por cierto algo de daño. Quizá una que otra falla en su funcionamiento, en su metódico tic tac.
Pero mis costumbres no son las mías, son las que heredó mi madre y a su vez le fue transmitida por mis abuelos y bisabuelos. No podía haber la posibilidad de daño en algo tan sublime como ello.
Me detuve a analizar la posibilidad de estar condenado o castigado por la justicia divina. Tengo en mi memoria una preciosa hermana que a los 26 decidió abreviar su existencia. Like Marilyn, a los 36. Quizá por ello me atrae tanto la Monroe. Nunca tuve padre o mejor, el que tuve fue como si jamás estuviera. Como una de esas enfermedades psicosomáticas que están y no están hasta que te mueres. Tengo problemas para relacionarme con las personas, tiendo a la soledad y en alguna ocasión alguien me deslizó la posibilidad que mi gusto por los lugares oscuros y mas bien lóbregos tenga una cierta dosis de amor por las situaciones que llevan a la depresión y al suicidio. Si hay algo de maldición en ello entonces quizá sí, cabe el término, pero a la vez lo dudo. No creo que mi vida tal y como es sea una maldición. Agradezco al cielo cada instante que ha transcurrido en mi vida, cada persona que conocí y me convirtió en la persona que ahora soy. Cada mujer que amé y me amó. Cada palabra. Cada caricia. Cada beso que se escapó entre mis labios. Agradezco lo que recibí pero también por aquellas cosas que me fueron privadas. No creo, entonces, estar maldito. He sido mas bien bendecido. Al menos he recibido más de lo que recibieron otros. Te recibí a ti que me lees, por ejemplo.
Quizá era de mala calidad. Dudé si podía ser calificado de ruin o miserable. Como persona mi calidad obviamente esta muy por debajo de los estándares. Me hubiera gustado ser más integro, estar más completo. Tener una calidad superior. Ser una especie de superhombre como el que alguna vez soñó Nietzche. Pero en la vida casi nunca uno obtiene lo que quiere. Nadie te da la oportunidad de frotar una lámpara y zaz te concede un deseo. En esta vida por ejemplo, me tocó ser yo. Ni más ni menos. Nadie me dio a elegir la calidad final con que debía contar el producto- Mi cuerpo no pasó la revisión técnica. Mi alma tampoco. Soy lo que otros formaron y unos pocos se encargaron de deformar luego. Un ser de mala calidad probablemente, pero ese soy yo. No encuentro la manera de definirme de una manera distinta. Si tengo que ser maldito por constituir un ser de calidad inferior, entonces lo soy. Desde esa perspectiva, soy un maldito más viviendo en un mundo de malditos. No es una visión muy alentadora de la vida y la calidad intrínseca del ser humano, por lo que me veo obligado a descartarla también a riesgo de ser considerado un misántropo de asumir una actitud distinta.
Tampoco creo que pueda ser considerado ninguno. Definitivamente soy alguien. Tengo una finalidad en esta vida aunque esta sea únicamente servir de alimento a los gusanos que algún día devoren mi cuerpo. Pero hasta esa es una finalidad. Tampoco pues, puedo ser maldito en este extremo.
Quizá la definición 5. sea la más apropiada y me calce como un guante. Puedo molestar y desagradar a más de uno. No obstante tampoco creo ser por naturaleza desagradable o molesto. Estoy seguro de haber agradado a más de una persona en alguna oportunidad. En más de una ocasión como cualquier ser humano que pasó por esta tierra, he sido querido. Aunque después odiado. Quizá hasta tenga un club de fans del tipo "Mujeres que odian a este maldito" en el Facebook. Pero lo cierto es que por lo menos sé de una mujer que no me odia y para quién jamás podría representar algo desagradable. Sé que de darse el caso, ella daría incluso la vida por mi: mi madre. No soy por ende, maldito, tampoco en este aspecto.
Salvo la posibilidad de ser un poeta maldito o considerado una nueva generación de escritores malditos, que me atrae de manera tentadora, no soy maldito por ninguna maldita parte, en conclusión.

martes, 3 de agosto de 2010

Diario de un perro azul (III)

Odio cuando me hablan de amor: definitivamente quien debió inventarlo debió ser alguna persona que poco conocía de aquel.
Huyo de sus quebradas, de sus peñas profundas, sus riscos escarpados, sus abismos insondables y las oquedades de sus valles.
Odio quien se llena la boca con palabras de amor (y en realidad blasfema), a quien dice amar hasta la necedad (y todavía es cauto) y quien dice no haber amado (y se sienta sobre una piedra a esperar su llegada o despedir su partida).
Odio a los complicados de corazón, a quienes dicen "no sé si amo, tal vez solo quiero" (como si fuera necesario una maestría de lingüística para entender ello) , a quienes intentan amar hasta la locura (y de verdad llegan a ella), al que ama de modo sumiso y al que no sabe si debe amar o jugarse una partida con sus sentimientos: como quien juega una partida póker o inicia un de tin marín de dopingüé.
Pero de todos odio más al que reniega de no amar y se esconde tras una armadura de reluciente bronce: un magnífico escudo protector que no deja que lo hieran pero tampoco permite al agresor ingresar. Odio al que no quiere saltar, al que tiene miedo de lastimarse una pierna (quizá se ha lastimado ya), a producirse una herida, a sangrar, a sentirse humano. Odio al que tiene temor de lanzar una piedra, al que ahoga en justificaciones para no arriesgar, al que le tiembla la boca al reír, al que rehuye decir yo primero (o yo segundo: el orden de los factores no altera el producto), al que evita tomar una decisión (precisamente esa decisión), al que no quiere finalmente llorar.
No es algo personal.
No tengo odio en el corazón
Quizá simplemente es uno de esos días.

sábado, 8 de mayo de 2010

Si fuera mujer

Esa ceja levantada. Esa sonrisa ladeada. Esa mirada entre burlona y romántica. Ese imagen de enamorado desesperado y de amante sin escrúpulos. Así imagino a Gable. Si fuera mujer, seguramente me hubiera casado con el.
Yo no tengo padre, es decir, aún cuando lo tengo, me he criado desde pequeño sin la presencia de una figura paterna. Resulta algo difícil explicar cómo fueron esos días, pero en reemplazo de un padre biológico al cual supongo no le importaba mucho mi existencia (a pesar que ambos llevamos el mismo nombre y apellido que nos identifica y me marca), tuve tres padres no biológicos que me brindaron todo el cariño que necesité: mi hermano y mis tíos Javier y Fico.
Ellos llenaron durante mi infancia la necesidad de afecto que mi corazón de chicuelo requería con sus juegos y mis risas. Quizá alguno fuera más duro que el otro, pero entre los tres construí la idea de la figura paterna que necesitaba. Entre los tres y alguien más.
Se llamaba Clark Gable y lo había descubierto actuando en Gone whit the Wind (Lo que el viento se llevó) en una versión en castellano que en alguna ocasión pasaron por la televisión local. Tenía en aquel entonces cerca de 8 o 10 años pero bastó aquella oportunidad para se presantese una fijación en mi por el que me hizo dudar de mi sexualidad por un instante.
Había algo en su mirada, en el tono de su voz (entonces en castellano), en la manera como levantaba esa ceja, en la forma como escondía su afecto detrás de una apariencia de hombre-que no-sufre frente a los coqueteos de Scarlett O'Hara en la película. Simplemente sucumbí ante el y lo declaré como mi modelo a seguir. El amor era de esa manera y no existía otra forma de comportarse que la del mítico Rehtt Butler en Lo que el viento se llevó. Había que guardar cuidado con las mujeres, pues estábamos prestos a ser víctimas de los desvanes y veleidades de su caprichoso corazón.
Fueron tiempos duros en los que me dediqué a ocultar mis sentimientos y a ensayar una sonrisa ladeada y una ceja levantada en actitud irónica, que finalmente se instaló como parte de mi personalidad sin que hasta la fecha pueda expurgarla de mi rostro. Pero yo no era Rehtt Butler y mi vida no era Lo que el viento se llevó, de modo que los años se encargaron de hacer que me diera cuenta de ello, pues mi manía de ocultar mis sentimientos y responder de modo burlón a cualquier situación en que estuviesen a punto de ser develados, me trajo más de una experiencia desagradable y triste que no es del caso comentar por ahora.
Baste decir que adopté el comportamiento pero yo no era el tipo. Y no había quizá más distancia entre Rehtt Butler y yo que la que existe entre un dinosaurio y un ratón. Está demás decir que yo no era el dinosaurio. Se dice que Marilyn Monroe estuvo siempre enamorada de el y que este a su vez fue el único hombre que no sucumbió ante los encantos de esta rubia debilidad (a pesar de la disposición de la rubia).
Su encanto y esa disposición de sus cejas al mirar trascendían las fronteras y los sexos. Se dice que Adolfo Hitler era su ferviente admirador, al grado que durante la Segunda Guerra Mundial (donde Gable combatió) ofreció una recompensa a quien lo capturara vivo y lo llevara ante su presencia.
Años después, luego de muchas lecturas (que incluyó la versión original de Gone with the wind) y muchas películas de Gable, de su personaje sólo me quedó la disposición de mis cejas y alguno que otro comentario sardónico que de cuando en vez escapa de mi cuando hablo, ajeno a mi voluntad y a mi control. He perdido más de una amistad y alguno que otro amorío por esa disposición de la ceja y aquel comentario burlón. Y en mas de una vez se me ha ido el corazón con el.
Mi madre me suele contar que mi padre era (es) un hombre muy apuesto. Debió ser demasiado apuesto, puesto que se casó con el a la tierna edad de 14. A veces imagino que debió haber sido una especie de Clark Gable de su época. Yo hubiere requerido un padre distinto, quizá mas parecido a Michael Landon en el papel de Charles Ingalls, en vez del actor de Lo que el viento se llevó.
Pero lo que si no tengo dudas es que de ser mujer, me hubiere enamorado sin remedio de el. No seria quizá como como Marilyn Monroe, pero me hubiere gustado ser como Carole Lombard que fue el amor de su vida y cuya muerte sumió a Gable en tal depresión que se enlistó en la armada para combatir a Hitler (quizá sin saber que Hitler no tenía ningún ánimo de combatir contra el).
Y probablemente me hubiere mirado de frente, hubiere ladeado su sonrisa, arqueado esa ceja y con la voz más sardónica del mundo hubiere hundido sus ojos negros en los mios, respondiendo con la única expresión que los labios de Rehtt Butler podía pronunciar frente a una solicitud de perdón de alguien a quien amaba hasta el delirio:
"Querida, eres tan inmadura. Crees que al decir lo siento todo el pasado puede corregirse"
Y luego, después de unos minutos de silencio y mi desesperada confesión de amor y mi actitud de espanto ante la inminencia de su partida y mi inevitable soledad ("Where shall I go? What shall I do?"), aún cuando su corazón correspondiera al mío, hubiere respondido con esa frase invencible del personaje de aquella película que lo coronó como mi ídolo y mi perdición:
"Frankly, my dear, I don't give a damn"
(Francamente querida, me importa un bledo)

domingo, 2 de mayo de 2010

No puedo escribir de amor

"Lo que no nace no crece", sentenció un conocido mío hace ya cierto tiempo, luego de una agradable conversación en la que, entre otros detalles, compartimos alguna de nuestras cuitas.
Algo similar me sucede con lo que escribo. Por una extraña razón que va más allá de mi entendimiento y de mi voluntad, no puedo escribir del amor.
Sencillamente me siento frente al computador y mis manos teclean como dos arañas bailoteando sobre el tejado, sin que mi voluntad las gobierne. Ellas viven para sí y de la misma manera escriben solas.
A veces yo mismo me sorprendo de lo que he escrito una vez que termino con ello. No sé como llamarlo, pero lo cierto es que no parezco estar hecho para los finales felices. Quizá sea una especie de pesimismo congénito o una escasa vocación para la felicidad, pero la verdad sea dicha no soy un ferviente creyente de un planeta donde las cosas terminan de la mejor manera.
Quizá sea esa una de las razones por las que odio a Paulo Coelho. Desconfío de esos escritores que creen que con un par de palabras te pueden componer la vida. ¿Quien ha dicho que la literatura tiene esa finalidad? En todo caso ¿la tiene? ¿es necesario que la tenga?
No pretendo ser un cuestionador. Tampoco inventar teorías nuevas que ni yo mismo acabo de comprender. Sencillamente no creo en una historia que se reduzca de manera irreductible a un final feliz. No creo por ende en las historias ni los poemas que hablen de amor, todo lo cual es irónico porque crecí escuchando poemas de Miguel Ángel Buesa y Federico Barreto en mi habitación, cuando mi hermano mayor regresaba por las noches, henchido de un romanticismo juvenil después de alguna cita cautivadora.
Repito: no puedo escribir de amor. Hay cosas que las personas no podemos hacer. Algunos no saben nadar, otros aún no aprenden a patinar. Yo por ejemplo no se cabalgar. Tampoco se cómo se escribe de amor. El nombre de este blog por ejemplo es una muestra de ello. Soy de las personas que comparte la idea que uno no escoge sus temas. Uno es aprehendido por ellos y se convierte simplemente en un interlocutor de otras voces.
Detesto los finales felices. Prefiero aquellos finales que me sorprenden, aquellos que me llevan hacia algún sitio (al menos eso me hacen creer) y cuando menos lo esperas, se sientan en tu cara y te escupen en el rostro terminando de borrarte la sonrisa que iniciabas. Hay algo de amor también en el destilar de un suave pedo.
La tristeza y la soledad son mas que un par de palabras. Encierran además el secreto de sabernos vivos. Hay algo de sublime también en ello. Yo prefiero un final triste a uno alegre. Prefiero un cuento de odio a uno de amor. Aunque haya algo de amor en cada uno de ellos...
Estoy solo. Por lo tanto, existo.
Odio. Por lo tanto tengo la capacidad de amar.