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martes, 29 de enero de 2019

¿Tienes tú un asunto no resuelto?

"¿Tienes un asunto no resuelto?", me preguntaste mirándome a boca de jarro.
"¿A qué te refieres?", dije.
"No sé, alguien, en tu pasado, presente, algún asunto inconcluso, una historia sin cerrar, una sombra".
Levanté los hombros, esbocé una media sonrisa y puse mi mejor cara de tonto.
Las sombras son solo eso: sombras. Reflejo imperfecto de una realidad que tiene una vida propia.
Las sombras se alimentan de los temores, de los asuntos no resueltos, de tus traumas de tu pasado y del mío: sobreviven ocultas entre las volutas del humo de los cigarrillos que fumas y las oquedades secretas de mi corazón.
"¿Y?", exclamaste.
"Y qué", dije
¿Tienes o no un asunto no resuelto?".
Tengo miles de asuntos no resueltos. Tendría que tener un dispositivo borrador de recuerdos para no tenerlos, ser poseedor de una máquina que me permita viajar en el tiempo y eliminar aquellos espacios de mi vida que te parecen incómodos, hacerme una lobotomía que en el mejor escenario me deje con aquellos recuerdos que puedes tolerar, que le dan tranquilidad a tu sombra y difuminan la mía.
"¿Tienes tú una sombra?", pensé en silencio. No me animé a preguntar. En ocasiones es mejor no apretar el gatillo.
"A las palabras se las lleva el viento", dijeron las palabras.
"¿Y al viento? ¿Al viento quién se lo lleva?", preguntó el viento.

sábado, 6 de octubre de 2012

Diario de Raquel (2)


Ella era extraña
me escribía unos poemas que,
mas bien, eran teoremas
que rompían los esquemas
de cualquier verso de amor
Fernando Ubiergo

Cuando pienso en ti, recuerdo tus piernas largas, tus dedos rosados, tu palma extendida, pequeña, pequeña, con la que te aferrabas a mi espalda aquellas tardes espasmódicas en las que teníamos sexo detrás del jardín de tu abuelo. Cuando pienso en ti, se me viene a la mente tu risa explosiva, que asustaba a las ardillas y los pájaros en medio del campo, la cicatriz que cruzaba tu frente, el recuerdo de una mañana de alcohol y de drogas. Cuando pienso en ti, recuerdo tus besos obcenos, con los que pretendiste impresionarme y que algún tiempo después fueron reemplazados por los míos, aburridos y castos. Cuando pienso en ti, recuerdo tu poesía, con sus pretensiones de modernidad, el recuerdo impoluto de tus años virginales, aquel extraño diario que una vez leí en un descuido tuyo, donde escribías sobre tu primer amor, aquel muchacho que te abandonó a los 15 y que luego te embarazó tempranamente a los 16. Cuando pienso en ti, pienso en el hijo que siempre deseaste tener, en cómo sería su mirada, si tal vez su risa se parecería a la tuya. O la mía. Cuando pienso en ti recuerdo lo absurdo de tu nombre, tu fervorosa creencia en la reencarnación, tu esperanza. Cuando pienso en ti, recuerdo tus últimas palabras, los gotones de lágrimas que caían de tus ojos bellos, la sonrisa triste con la que te despediste, tu manito pequeña diciéndome adiós sobre el puente.

sábado, 21 de abril de 2012

El chico de la última fila

A Ivan.

No eras tan original como creía. Esa estrategia la sacaste de una obra de teatro. Ahora lo sé. Como también he llegado a comprender el motivo por el cual mi piel amanece surcada de cortes, que simulan arañones (sabemos bien que no lo son).
No, repito. No eras nada original: el chico, el maestro, la vocación, la mentira. 
Bastó que asistieras a alguna puesta o en el caso más simple, que leyeras el original.
El resto era muy simple. Ya tenías al personaje secundario, sólo faltaba conseguir al principal.
No había que improvisar los diálogos. Sólo magnificar las esperanzas de un corazón joven que se acercó a ti buscando protección, conocimiento y quizá un recodo de paz.
El resto ni te lo cuento. Es muy sencillo jugar con las esperanzas y que magníficos postres se pueden hacer con las ilusiones.
No, no eras nada original.
Ahora lo sé.
Repetiste a la letra el texto que representaste con mi vida. Y lo hiciste muy bien.
Si lo pusieras en escena te merecería un aplauso. Que buena representación, magnífica puesta. Qué salga el actor principal.


jueves, 16 de febrero de 2012

Ya no recuerdo su nombre

No está.
Hace muchos días que sueño con ello
quiero escuchar esa canción
y ya no recuerdo su nombre.
Apenas las sensaciones que producía en mi
ni bien iniciaba sus primeros acordes.
Apenas las circunstancias en que la escuché por primera vez
mi radio casetera, una tarde de invierno gris, tus ojos, los míos.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Aclarando

Te escribo esta vez a ti, por primera y única vez, persona que se oculta en el anonimato para atosigarme (?) de acusaciones y recuerdos que la verdad recuerdo cada vez menos.
Nunca he publicado tus comentarios, porque no encuentro justificación para hacerlo, pues representan parte de ese pasado que hace tiempo he querido dejar atrás aunque a veces, te soy sincero (y humano) todavía me persigue, pero de una manera distinta a la que pretendes hacerme creer.
Repito, no se quien eres ni me interesa tu identidad, pero esta vez he decidido enfrentarte y responderte abiertamente en este mi espacio que tú invades con tus impertinencias, con tus desatinados y absurdos comentarios.
No sé quién eres o de parte de quien escribes pero definitivamente andas muy mal informada (o).
Muchas de las cosas aquí escritas quizá tengan nombre propio, pero otras carecen de ello.
No todo se reduce al recuerdo de alguna persona en particular. Algunas cosas que escribo solo están en mi recuerdo, en mi corazón o en mis tripas.
Este no es un blog de amor ni pretende serlo. En alguna oportunidad ya escribí sobre eso (véase "No puedo escribir de amor").
No te confundas más ni pretendas hacer lo mismo conmigo. Pierdes tu tiempo.
Este blog tiene una finalidad distinta que tu lastimera necesidad de ir siempre alrededor del mismo tema. En otro post ("Por qué el nombre de este blog") he explicado algo de aquello.
Quizá deberías leer con mayor atención entre líneas ( y las líneas).
Las personas no solo vivimos de recuerdos o de personas, también de fantasías, de sueños recurrentes, de traumas ancestrales, de miedos ocultos, de temas permanentes que incluso nos trascienden.
Esta vez te respondo directamente y te digo que estas equivocada (o). Que andas por mal camino. Quizá el peor de todos. Quizá eres tú quien se empeña en mantener vivo ese recuerdo que albergaré toda mi vida, pero de una manera distinta ala que pretendes mostrar.
Nada es eterno. Tampoco lo serán tus cada vez más molestos comentarios. Algún día te cansarás y entonces no yo, sino tú, serás finalmente libre.
Y entonces respirarás, como en aquella novela, el aire purísimo de la libertad.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Hoy cumpliría 36

Le dije señor que tal, soy Pedro
¿Se acuerda de mí? ¿Qué fue de su hija?
Me dijo, cómo ¿no sabes?... ella murió.

Pedro Suárez.

Querida Cecilia,
Es gracioso como a veces pasa el tiempo y ni siquiera lo notas.
Han pasado ya diez años desde que nos dejaste y parece que hubiera sido ayer y parece que nunca hubiera ocurrido. Hoy cumplirías 36. La misma edad con que contaba Marylin cuando murió.
A veces me esfuerzo en recordar el tono de tu voz, la intensidad de tu mirada, el sonido de tu risa, pero es inútil. Mi cerebro alberga cada vez menos imágenes fragmentadas de tu recuerdo.
A veces creo recordar algo pero no estoy seguro si es que realmente he recordado o es mi cerebro quien se empeña en recrear mi necesidad de hacerlo y como un niño, me complace.
Otras veces pienso que te he olvidado. Pueden pasar semanas completas y parece que no pienso en ti y entonces pienso que así efectivamente, debe ser la muerte: el olvido final.
Luego llegas de golpe y te insertas una vez más en mi vida. A veces siento como si no te hubieras marchado, como si de alguna manera siempre estuvieras aquí, conmigo, cuidando cada uno de mis pasos, como la hacías cuando era pequeño y tu dos años mayor ¿recuerdas?. En ese entonces fingías que mi pequeña existencia no te importaba pero yo sabía bien de tu necesidad de protegerme, como cuando me cogías de la mano al cruzar la avenida para ir al colegio sin que nadie te dijera o cuando me defendías de tus compañeritas mayores que se mofaban de mí llamándome "Cecilio".
Todavía recuerdo el día en que hicimos no se qué travesura. Muy terrible debe haber sido que nos castigaron a ambos. Tú no podías soportar el verme llorar y te echaste la culpa aunque sabías bien que el causante era yo.
Cecilia, Cecilia. No debe haber sido cosa fácil nacer antes que yo. Tú eras la engreída de la casa y de pronto llegué yo. Mi madre me confesó un día que fuiste planificada, que fuiste hecha con amor. Yo nací de los últimos vestigios de odio en el corazón de nuestros padres. Fui un hijo no deseado que llegó a insertarse en nuestro mundo familiar en el peor momento y quizá a causa de ello recibí en alguna oportunidad más atenciones que tú. Después de todo, tú ya eras grande, yo aún pequeño, tu ya no necesitabas de aquellos juguetes que de pronto pasaron a ser míos. Tú debiste crecer de pronto, tu consigna no era ya el jugar con tus muñecos sino el cuidar de tu hermano, aún pequeño.
La gente a veces solía decir que nos parecíamos. Yo no entendía cómo podían decir ello, si a mi me daba la impresión que tú eras lindísima y yo andaba algo rezagado en los cánones de la belleza. Pero algo de similitud habría quizá en nuestras miradas que hacía que de inmediato se nos asociase como hermanos donde quiera que íbamos.
No debe haber sido cosa fácil verme crecer. Verme convertirme de pronto en adolescente y luego en hombre. Tampoco debe haber sido sencillo sentir que en alguna oportunidad se me otorgó alguna posibilidad que a ti te fue negada. Nunca me perdonaste el hecho que yo pudiera asistir a una universidad privada mientras tú debiste conformarte con la estatal.
Y lo cierto es que eras tremendamente más inteligente que yo. Quizá la más inteligente de toda la familia. Eras algo así como un talento desperdiciado.
A veces no pienso en ti, es cierto, pero otras no puedo dejar de hacerlo. Hoy por ejemplo, me he pasado todo el día intentando no pensar en por qué me he sentido de esta manera. Le he echado la culpa a la ausencia de mis medicamentos, al clima, al hecho de vivir solo, a la vida. Pero la verdad sea dicha sucede que no he querido hasta ahora sentarme y pensar en ti.
No sino hasta ahora que me veo enfrentado con mis pensamientos y me veo obligado a ello.
Pienso en ti y te veo en dos colitas, con tu pantalón de lana marrón -nada estético- y una chompa de lana roja que había pertenecido a mamá y que atesorabas. En casa no había motivo para andar bonita. Nosotros, lo de adentro no importábamos.
En realidad habíamos dejado de importarte desde hace mucho tiempo. Ya ni siquiera nos mirabas. Recuerdo que en alguna oportunidad (debió ser en los últimos tiempos) alguien hizo una broma sobre ti en la mesa: debió de haber sido una buena broma, una magnífica broma, una estupenda broma que te obligó a levantar los ojos del plato y sonreír tímidamente. Me he quedado por años con el recuerdo de esa sonrisa.
Han pasado ya diez años Cecilia. Hoy me gustaría decirte tantas cosas. Comenzar a escribirte esa extensa carta que un día prometí te escribiría y hasta ahora no empiezo. Visitarte mas a menudo como antes, cuando me sentía solo o sencillamete estaba en esos días.
Mas tarde seguro iremos a verte. Como todos los años mi madre dirá algunas palabras y los demás guardaremos silencio. Luego almorzaremos en familia y comenzaremos a sonreír uno a uno, como quien va saliendo de un largo sueño.
Y estarás allí presente en cada uno de nosotros. Aunque no quieras. Ya no te importará la edad, ni andar con la vestimenta adecuada. No te importará cumplir 36 ni sentirás que el tiempo ha pasado sobre tu rostro y que ni las cremas o el gimnasio pueden remediar lo ocurrido. Y sonreirás, como aquel día que tengo grabado en mis recuerdos. Y serás feliz aunque sea un instante. Y no podrás dejar de hacerlo. No podrás.

domingo, 31 de octubre de 2010

Detalles

De ti apenas
me va quedando el recuerdo
de algunos besos que te robe
de tu mirada, gigantesca
confundida, eternamente confundida
que parecía comerse el universo;
de tu sonrisa de pato
que me hacia suspirar como mujer
y recordar esa canción de Armstrong:
"Oh when you're smilin'....keep on smilin'
The whole world smiles with you".
De ti, aun recuerdo
tus manos pequeñas
tus pies escurridizos
que se enredaban con los míos;
tu atroz combinación de carteras y zapatos.
las tres oportunidades en que hicimos el amor
las dos en que alcanzaste un orgasmo
la ocasión en que en un estado de paroxismo involuntario
o demencia súbita y estado inimputable
dijiste "te amo".
De ti, apenas recuerdo algunos detalles.


sábado, 7 de agosto de 2010

CUATRO

Hoy me acordé de aquél libro de "De Cupis" que solía cargar bajo el brazo cuando vagabundeábamos por los pasillos de tu vieja escuela. Aquél libro sirvió para igualar nuestras estaturas y permitió que nuestros sexos se conocieran de una mejor manera.
Del contenido el libro recuerdo poco, hablaba algo acerca de la “responsabilidad contractual y extracontractual”.
De aquellas tardes se me vienen a la mente algunas escenas entrecortadas, como extraídas de una de esas películas con flashbacks que te gustaban tanto: el sudor de nuestros cuerpos, tu respiración entrecortada, el miedo en nuestros corazones, el galopar estrepitoso de tu resuello al llegar al orgasmo.
Pero por sobre todo recuerdo una sensación que tú calificaste de amor y yo definí como una extraña opresión en medio del pecho.

domingo, 2 de mayo de 2010

Tengo recuerdos

Tengo recuerdos que me persiguen.
Recuerdos que me acechan todo el tiempo, agazapados, a la espera de un descuido para propinarme un zarpazo, una trompada de lleno en la mejilla, un imponente salto de grulla hasta sacarme del ruedo, hasta mandarme al vacío.
Tengo recuerdos que no me dejan ser, lo cual en sí es una especie de contradicción, pues somos personas hechas de recuerdos. No se puede ser, sin recuerdos.
Hay muchos tipos de recuerdos: algunos son inoportunos, llegan a ti cuando menos esperas; otros son más considerados y respetan horarios y costumbres. Algunos se acercan a ti con benevolencia; otros no muestran la menor compansión ni respeto por el lugar o las circunstancias. Algunos estan de paso y otros se enquistan en tu mente, convirtiéndose en parte de tu cotidianeidad. Algunos llegaron para quedarse, otros simplemente se marcharon de la misma manera como vinieron.
Algunos duelen, otros ya no tanto.
Pero de cualquier manera lo cierto es que tengo recuerdos. En mi día a día, en mis sueños. Sobre todo en mis sueños. Allí es donde los recuerdos se apoderan de mi y me convierto en una presa fácil, en una blanda carnada con la que salen de pesca, haciéndome víctima de sus juegos existenciales.
Tengo recuerdos que no cesan de taladrarme al oído su existencia.
Tengo recuerdos que también son personas. Personas que te recuerdan un recuerdo que pensaste haber olvidado o no quieres ya recordar. Personas que que muy a su pesar -y al tuyo- representan el rostro inefable de un recuerdo que permanece constante, detrás de sus pupilas y en medio de sus corneas - que en algún momento vieron contigo, eso que prefieres ahora olvidar-, deslizándose entre sus sienes, entremezclándose en su cabello, cayendo finalmemte la vacío.
Tengo recuerdos que anulan personas y personas que hacen lo propio con los recuerdos. Conozco personas que no quieren recordar, otras que no recuerdan ya. Sé de personas que prefieren simplemente callar, decir "no recuerdo", que optaron por amordazarlos, por extrangularlos, por colocarlos en el rincón mas obscuro de su habitación, donde apenas llega la luz, abandonándolos a su suerte , sin darles la esperanza de ser encontrados. Sin darles la oportunidad de decir "aquí estamos".
Conozco personas que viven una farsa. La farsa de no tener recuerdos.
Tengo recuerdos que no quiero olvidar y recuerdos que preferiría no estar recordando mientras escribo esto. Tengo recuerdos y recuerdos, unidos, entremezclados. Tengo recuerdos fusionados, recuerdos lisiados, recuperados, rencauchados, recuerdos que no quieren ya ser recordados.
Tengo recuerdos que me recuerdan a diario que debo recordarlos.
Nada graba tan fijamente en nuestra memoria alguna cosa como el deseo de olvidarla
Montaigne.