Me dijero que te vieron
que has envejecido
que tu piel ya no es tan lozana como solía ser
pero que tus ojos verdes refulgían con el mismo esplendor
de gato de los últimos tiempos.
Me dijeron que estabas encorvado
algo mustio
que las manos te temblaban
que andabas trajeado con un pantalón descolorido
y los zapatos gastados.
Me dijeron que te vieron
que parecías la sombra de quien alguna vez fuiste
de quien ahora soy.
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sábado, 21 de abril de 2012
domingo, 19 de junio de 2011
Carta abierta a mi padre en su día

Querido padre:
Te escribo esta carta sin conocerte apenas. Llevamos el mismo nombre pero nos separa una vida entera (la mía), un destino y probablemente, una eternidad que se avecina (la tuya).
A veces pienso en la idea de ser padre y me aterra. No por el hecho de serlo, que me encantaría, sino por la posibilidad de no estar debidamente preparado para ello. Las personas aprendemos de la experiencia, viendo a los demás o equivocándonos. Las dos primeras posibilidades me están negadas: soy demasiado joven, no tengo hijos todavía y -como bien sabes- carezco de un modelo de figura paterna al cual pueda seguir hasta hacerlo mío.
Pareciera que mi única opción es la posibilidad de ensayo error. Sin embargo es precisamente esa posibilidad la que me aterra. ¿Es posible pretender aprender en la marcha cuando no se cuenta con modelos cercanos que uno pueda imitar?
Durante muchos años mis modelos de figura paterna han sido personajes de libros o artistas entrañables del teatro o la televisión.
Recuerdo cuando era pequeño y se celebraba el día del padre en el colegio. El patio central se llenaba de juegos padre-hijo y todo tipo de actividades para compartir un momento en familia. Yo había descubierto un viejo taller de carpintería inutilizado hace años a la espalda de los salones de cuarto de media que me servía de escondite secreto y de habitación donde avivar la nostalgia. En ese espacio me encerraba hasta que terminaba el día.
Como la mayoría se encontraba dedicado a las celebraciones que promovía el colegio, nadie reparaba en mi ausencia. A veces aprovechaba un descuido de la portera y me escapaba del colegio para enrumbarme hasta el parque mas cercano, donde me entretenía sacando gusanos negros de un árbol de guayabo o leyendo a la sombra de un viejo roble hasta que me quedaba dormido.
No me puedo quejar de la vida, sin embargo, papá. Tengo en mi familia hermanos mayores y tíos muy queridos que pretendieron hacer el papel que tú no quisiste desempañar conmigo. Pero la verdad sea dicha, por más interés y amor que me pudieron prodigar, la intención quedó simplemente en ello: pretendieron.
Debo reconocer que en más de una ocasión he sentido la necesidad de tener un padre. Quizá no tú, el que la naturaleza me dio, pero si uno como el que a veces me visita en mis sueños. A veces me gusta pensar que ese modelo de padre que descubro en mis sueños no es otra cosa que una representación de mi propia persona en un futuro cercano.
Me gustaría llegar a ser un buen padre, pero supongo que nadie nace aprendiendo ello.
Alguna vez leí en un libro que el nombre que llevas marca tu destino de manera definitiva. Yo llevo la pesada carga de llevar el mismo nombre que tu llevas papá; así como de intentar parecerme lo menos posible a ti. Alguno que otro pariente ha encontrado ciertas similitudes físicas entre ambos. Hace algunos años una tía muy querida me dijo que tenía tu misma sonrisa ladina, las mismas arruguitas de tus ojos al sonreír.
Yo he pasado por alto esas similitudes físicas y descubierto con asombro otras quizá más importantes: llevamos en la sangre el mismo culto por la lectura. Mi madre me confió que en muchos aspectos fuiste casi un autodidacta. Nunca cursaste estudios especiales de investigación o de doctorado, pero de las notas escritas que descubrí entre las páginas de los libros que no te llevaste de casa, pude advertir que poseías una inteligencia desbordante que me llenó el alma de una especie de estúpido orgullo, similar al que tendría un joven equino, al descubrir que desciende de un caballo de paso.
A veces me miento en voz alta y me digo a mi mismo que he vivido bien sin ti, pero la verdad es que no es cierto. Quizá engañe a todo el mundo, pero jamás a mí. Probablemente muchos de mis temores, comportamientos y fobias no sean otra cosa que simples derivaciones de tu ausencia. Me gustaría pensar que las cosas son distintas a lo que han sido. A veces he sentido la necesidad de un guía, de un progenitor y he pagado muy caro el haberme equivocado en ese afán infructuoso de encontrarlo.
Ya han pasado varios años y me digo a mi mismo que no cambiarás, papá, que probablemente te morirás de acá a algunos años -sino te has muerto ya- pensando que le diste a la vida lo que ella no te dio en contrapartida. Nosotros fuimos apenas puntitos en el firmamento que jamás observaste. "Tú te lo perdiste", como dijo una vez mi madre.
Yo continuaré viviendo, cada tercera semana de junio, llevando a cuestas la pesada carga de tu nombre, de tu sonrisa, de tus libros, de tus temores, que quizá con el tiempo se conviertan en los míos.
Quizá en algunos años, cuando sea finalmente padre, pueda finalmente perdonarte y perdonarme a mi mismo por no haberte querido. Y quizá en ese momento me encuentre preparado para darte el regalo más grande que un hijo puede ofrecer a su progenitor. Quizá
Te escribo esta carta sin conocerte apenas. Llevamos el mismo nombre pero nos separa una vida entera (la mía), un destino y probablemente, una eternidad que se avecina (la tuya).
A veces pienso en la idea de ser padre y me aterra. No por el hecho de serlo, que me encantaría, sino por la posibilidad de no estar debidamente preparado para ello. Las personas aprendemos de la experiencia, viendo a los demás o equivocándonos. Las dos primeras posibilidades me están negadas: soy demasiado joven, no tengo hijos todavía y -como bien sabes- carezco de un modelo de figura paterna al cual pueda seguir hasta hacerlo mío.
Pareciera que mi única opción es la posibilidad de ensayo error. Sin embargo es precisamente esa posibilidad la que me aterra. ¿Es posible pretender aprender en la marcha cuando no se cuenta con modelos cercanos que uno pueda imitar?
Durante muchos años mis modelos de figura paterna han sido personajes de libros o artistas entrañables del teatro o la televisión.
Recuerdo cuando era pequeño y se celebraba el día del padre en el colegio. El patio central se llenaba de juegos padre-hijo y todo tipo de actividades para compartir un momento en familia. Yo había descubierto un viejo taller de carpintería inutilizado hace años a la espalda de los salones de cuarto de media que me servía de escondite secreto y de habitación donde avivar la nostalgia. En ese espacio me encerraba hasta que terminaba el día.
Como la mayoría se encontraba dedicado a las celebraciones que promovía el colegio, nadie reparaba en mi ausencia. A veces aprovechaba un descuido de la portera y me escapaba del colegio para enrumbarme hasta el parque mas cercano, donde me entretenía sacando gusanos negros de un árbol de guayabo o leyendo a la sombra de un viejo roble hasta que me quedaba dormido.
No me puedo quejar de la vida, sin embargo, papá. Tengo en mi familia hermanos mayores y tíos muy queridos que pretendieron hacer el papel que tú no quisiste desempañar conmigo. Pero la verdad sea dicha, por más interés y amor que me pudieron prodigar, la intención quedó simplemente en ello: pretendieron.
Debo reconocer que en más de una ocasión he sentido la necesidad de tener un padre. Quizá no tú, el que la naturaleza me dio, pero si uno como el que a veces me visita en mis sueños. A veces me gusta pensar que ese modelo de padre que descubro en mis sueños no es otra cosa que una representación de mi propia persona en un futuro cercano.
Me gustaría llegar a ser un buen padre, pero supongo que nadie nace aprendiendo ello.
Alguna vez leí en un libro que el nombre que llevas marca tu destino de manera definitiva. Yo llevo la pesada carga de llevar el mismo nombre que tu llevas papá; así como de intentar parecerme lo menos posible a ti. Alguno que otro pariente ha encontrado ciertas similitudes físicas entre ambos. Hace algunos años una tía muy querida me dijo que tenía tu misma sonrisa ladina, las mismas arruguitas de tus ojos al sonreír.
Yo he pasado por alto esas similitudes físicas y descubierto con asombro otras quizá más importantes: llevamos en la sangre el mismo culto por la lectura. Mi madre me confió que en muchos aspectos fuiste casi un autodidacta. Nunca cursaste estudios especiales de investigación o de doctorado, pero de las notas escritas que descubrí entre las páginas de los libros que no te llevaste de casa, pude advertir que poseías una inteligencia desbordante que me llenó el alma de una especie de estúpido orgullo, similar al que tendría un joven equino, al descubrir que desciende de un caballo de paso.
A veces me miento en voz alta y me digo a mi mismo que he vivido bien sin ti, pero la verdad es que no es cierto. Quizá engañe a todo el mundo, pero jamás a mí. Probablemente muchos de mis temores, comportamientos y fobias no sean otra cosa que simples derivaciones de tu ausencia. Me gustaría pensar que las cosas son distintas a lo que han sido. A veces he sentido la necesidad de un guía, de un progenitor y he pagado muy caro el haberme equivocado en ese afán infructuoso de encontrarlo.
Ya han pasado varios años y me digo a mi mismo que no cambiarás, papá, que probablemente te morirás de acá a algunos años -sino te has muerto ya- pensando que le diste a la vida lo que ella no te dio en contrapartida. Nosotros fuimos apenas puntitos en el firmamento que jamás observaste. "Tú te lo perdiste", como dijo una vez mi madre.
Yo continuaré viviendo, cada tercera semana de junio, llevando a cuestas la pesada carga de tu nombre, de tu sonrisa, de tus libros, de tus temores, que quizá con el tiempo se conviertan en los míos.
Quizá en algunos años, cuando sea finalmente padre, pueda finalmente perdonarte y perdonarme a mi mismo por no haberte querido. Y quizá en ese momento me encuentre preparado para darte el regalo más grande que un hijo puede ofrecer a su progenitor. Quizá
domingo, 30 de enero de 2011
Esa tarde hable con tu padre

Esa tarde hable con tu padre
ese hombre que nunca me quiso
y por el que yo jamas profese ningún afecto
salvo el consabido respeto
que adorna este tipo de situaciones.
Imagino que no seria su culpa no estimarme
pero tampoco nadie puede culparme
de no quererlo.
Crecí sin figura paterna
desconfío del trato de los hombres en general
con las mujeres me siento en mi estado natural
en un ambiente conocido y cálido
con los padres en cambio,
me siento frente a un terreno desconocido, indómito, aterrador.
Esta tarde hable con tu padre
hablamos de ti
el escupió todo su odio
y yo intente defenderme de la mejor forma que pude.
Le dije que todavía te quería
que te querría por siempre (no se puede cambiar eso)
y me cambio rápidamente de tema.
Hablaba de mi como un evento nefasto en tu vida
como algo que se requiere "superar" lo mas pronto posible
A.S.A.P.
De pronto me convertía en un farsante, en el motivo
y origen de todos tus males.
Esta es una historia que me gustaría escribir algún día
porque todavía no se bien como cerrarla
como ponerle FIN, END, como insertar
el VIVIERON FELICES POR SIEMPRE
como en los cuentos e historias de hadas.
Esa tarde hable con tu padre
y le dije que podía contar conmigo por siempre
el insistía hablándome de cosas que yo no entendía
de eventos que jamas ocurrieron
de acusaciones de las que no me podía defender.
Esa tarde hable con tu padre
y le explique que también se me iba la vida en ello
algunos de mis mas caros sueños
tus manos pequeñas y perfectamente cuidadas
el vocabulario que habíamos ideado entre los dos
la forma de tus ojos cuando sonreías.
Esa tarde hable con tu padre...
pero tu padre jamas hablo conmigo.
sábado, 8 de mayo de 2010
Si fuera mujer
Esa ceja levantada. Esa sonrisa ladeada. Esa mirada entre burlona y romántica. Ese imagen de enamorado desesperado y de amante sin escrúpulos. Así imagino a Gable. Si fuera mujer, seguramente me hubiera casado con el.Yo no tengo padre, es decir, aún cuando lo tengo, me he criado desde pequeño sin la presencia de una figura paterna. Resulta algo difícil explicar cómo fueron esos días, pero en reemplazo de un padre biológico al cual supongo no le importaba mucho mi existencia (a pesar que ambos llevamos el mismo nombre y apellido que nos identifica y me marca), tuve tres padres no biológicos que me brindaron todo el cariño que necesité: mi hermano y mis tíos Javier y Fico.
Ellos llenaron durante mi infancia la necesidad de afecto que mi corazón de chicuelo requería con sus juegos y mis risas. Quizá alguno fuera más duro que el otro, pero entre los tres construí la idea de la figura paterna que necesitaba. Entre los tres y alguien más.
Se llamaba Clark Gable y lo había descubierto actuando en Gone whit the Wind (Lo que el viento se llevó) en una versión en castellano que en alguna ocasión pasaron por la televisión local. Tenía en aquel entonces cerca de 8 o 10 años pero bastó aquella oportunidad para se presantese una fijación en mi por el que me hizo dudar de mi sexualidad por un instante.
Había algo en su mirada, en el tono de su voz (entonces en castellano), en la manera como levantaba esa ceja, en la forma como escondía su afecto detrás de una apariencia de hombre-que no-sufre frente a los coqueteos de Scarlett O'Hara en la película. Simplemente sucumbí ante el y lo declaré como mi modelo a seguir. El amor era de esa manera y no existía otra forma de comportarse que la del mítico Rehtt Butler en Lo que el viento se llevó. Había que guardar cuidado con las mujeres, pues estábamos prestos a ser víctimas de los desvanes y veleidades de su caprichoso corazón.
Fueron tiempos duros en los que me dediqué a ocultar mis sentimientos y a ensayar una sonrisa ladeada y una ceja levantada en actitud irónica, que finalmente se instaló como parte de mi personalidad sin que hasta la fecha pueda expurgarla de mi rostro. Pero yo no era Rehtt Butler y mi vida no era Lo que el viento se llevó, de modo que los años se encargaron de hacer que me diera cuenta de ello, pues mi manía de ocultar mis sentimientos y responder de modo burlón a cualquier situación en que estuviesen a punto de ser develados, me trajo más de una experiencia desagradable y triste que no es del caso comentar por ahora.
Baste decir que adopté el comportamiento pero yo no era el tipo. Y no había quizá más distancia entre Rehtt Butler y yo que la que existe entre un dinosaurio y un ratón. Está demás decir que yo no era el dinosaurio. Se dice que Marilyn Monroe estuvo siempre enamorada de el y que este a su vez fue el único hombre que no sucumbió ante los encantos de esta rubia debilidad (a pesar de la disposición de la rubia).
Su encanto y esa disposición de sus cejas al mirar trascendían las fronteras y los sexos. Se dice que Adolfo Hitler era su ferviente admirador, al grado que durante la Segunda Guerra Mundial (donde Gable combatió) ofreció una recompensa a quien lo capturara vivo y lo llevara ante su presencia.
Años después, luego de muchas lecturas (que incluyó la versión original de Gone with the wind) y muchas películas de Gable, de su personaje sólo me quedó la disposición de mis cejas y alguno que otro comentario sardónico que de cuando en vez escapa de mi cuando hablo, ajeno a mi voluntad y a mi control. He perdido más de una amistad y alguno que otro amorío por esa disposición de la ceja y aquel comentario burlón. Y en mas de una vez se me ha ido el corazón con el.
Mi madre me suele contar que mi padre era (es) un hombre muy apuesto. Debió ser demasiado apuesto, puesto que se casó con el a la tierna edad de 14. A veces imagino que debió haber sido una especie de Clark Gable de su época. Yo hubiere requerido un padre distinto, quizá mas parecido a Michael Landon en el papel de Charles Ingalls, en vez del actor de Lo que el viento se llevó.
Pero lo que si no tengo dudas es que de ser mujer, me hubiere enamorado sin remedio de el. No seria quizá como como Marilyn Monroe, pero me hubiere gustado ser como Carole Lombard que fue el amor de su vida y cuya muerte sumió a Gable en tal depresión que se enlistó en la armada para combatir a Hitler (quizá sin saber que Hitler no tenía ningún ánimo de combatir contra el).
Y probablemente me hubiere mirado de frente, hubiere ladeado su sonrisa, arqueado esa ceja y con la voz más sardónica del mundo hubiere hundido sus ojos negros en los mios, respondiendo con la única expresión que los labios de Rehtt Butler podía pronunciar frente a una solicitud de perdón de alguien a quien amaba hasta el delirio:
"Querida, eres tan inmadura. Crees que al decir lo siento todo el pasado puede corregirse"
Y luego, después de unos minutos de silencio y mi desesperada confesión de amor y mi actitud de espanto ante la inminencia de su partida y mi inevitable soledad ("Where shall I go? What shall I do?"), aún cuando su corazón correspondiera al mío, hubiere respondido con esa frase invencible del personaje de aquella película que lo coronó como mi ídolo y mi perdición:
"Frankly, my dear, I don't give a damn"
(Francamente querida, me importa un bledo)
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