sábado, 8 de mayo de 2010

Si fuera mujer

Esa ceja levantada. Esa sonrisa ladeada. Esa mirada entre burlona y romántica. Ese imagen de enamorado desesperado y de amante sin escrúpulos. Así imagino a Gable. Si fuera mujer, seguramente me hubiera casado con el.
Yo no tengo padre, es decir, aún cuando lo tengo, me he criado desde pequeño sin la presencia de una figura paterna. Resulta algo difícil explicar cómo fueron esos días, pero en reemplazo de un padre biológico al cual supongo no le importaba mucho mi existencia (a pesar que ambos llevamos el mismo nombre y apellido que nos identifica y me marca), tuve tres padres no biológicos que me brindaron todo el cariño que necesité: mi hermano y mis tíos Javier y Fico.
Ellos llenaron durante mi infancia la necesidad de afecto que mi corazón de chicuelo requería con sus juegos y mis risas. Quizá alguno fuera más duro que el otro, pero entre los tres construí la idea de la figura paterna que necesitaba. Entre los tres y alguien más.
Se llamaba Clark Gable y lo había descubierto actuando en Gone whit the Wind (Lo que el viento se llevó) en una versión en castellano que en alguna ocasión pasaron por la televisión local. Tenía en aquel entonces cerca de 8 o 10 años pero bastó aquella oportunidad para se presantese una fijación en mi por el que me hizo dudar de mi sexualidad por un instante.
Había algo en su mirada, en el tono de su voz (entonces en castellano), en la manera como levantaba esa ceja, en la forma como escondía su afecto detrás de una apariencia de hombre-que no-sufre frente a los coqueteos de Scarlett O'Hara en la película. Simplemente sucumbí ante el y lo declaré como mi modelo a seguir. El amor era de esa manera y no existía otra forma de comportarse que la del mítico Rehtt Butler en Lo que el viento se llevó. Había que guardar cuidado con las mujeres, pues estábamos prestos a ser víctimas de los desvanes y veleidades de su caprichoso corazón.
Fueron tiempos duros en los que me dediqué a ocultar mis sentimientos y a ensayar una sonrisa ladeada y una ceja levantada en actitud irónica, que finalmente se instaló como parte de mi personalidad sin que hasta la fecha pueda expurgarla de mi rostro. Pero yo no era Rehtt Butler y mi vida no era Lo que el viento se llevó, de modo que los años se encargaron de hacer que me diera cuenta de ello, pues mi manía de ocultar mis sentimientos y responder de modo burlón a cualquier situación en que estuviesen a punto de ser develados, me trajo más de una experiencia desagradable y triste que no es del caso comentar por ahora.
Baste decir que adopté el comportamiento pero yo no era el tipo. Y no había quizá más distancia entre Rehtt Butler y yo que la que existe entre un dinosaurio y un ratón. Está demás decir que yo no era el dinosaurio. Se dice que Marilyn Monroe estuvo siempre enamorada de el y que este a su vez fue el único hombre que no sucumbió ante los encantos de esta rubia debilidad (a pesar de la disposición de la rubia).
Su encanto y esa disposición de sus cejas al mirar trascendían las fronteras y los sexos. Se dice que Adolfo Hitler era su ferviente admirador, al grado que durante la Segunda Guerra Mundial (donde Gable combatió) ofreció una recompensa a quien lo capturara vivo y lo llevara ante su presencia.
Años después, luego de muchas lecturas (que incluyó la versión original de Gone with the wind) y muchas películas de Gable, de su personaje sólo me quedó la disposición de mis cejas y alguno que otro comentario sardónico que de cuando en vez escapa de mi cuando hablo, ajeno a mi voluntad y a mi control. He perdido más de una amistad y alguno que otro amorío por esa disposición de la ceja y aquel comentario burlón. Y en mas de una vez se me ha ido el corazón con el.
Mi madre me suele contar que mi padre era (es) un hombre muy apuesto. Debió ser demasiado apuesto, puesto que se casó con el a la tierna edad de 14. A veces imagino que debió haber sido una especie de Clark Gable de su época. Yo hubiere requerido un padre distinto, quizá mas parecido a Michael Landon en el papel de Charles Ingalls, en vez del actor de Lo que el viento se llevó.
Pero lo que si no tengo dudas es que de ser mujer, me hubiere enamorado sin remedio de el. No seria quizá como como Marilyn Monroe, pero me hubiere gustado ser como Carole Lombard que fue el amor de su vida y cuya muerte sumió a Gable en tal depresión que se enlistó en la armada para combatir a Hitler (quizá sin saber que Hitler no tenía ningún ánimo de combatir contra el).
Y probablemente me hubiere mirado de frente, hubiere ladeado su sonrisa, arqueado esa ceja y con la voz más sardónica del mundo hubiere hundido sus ojos negros en los mios, respondiendo con la única expresión que los labios de Rehtt Butler podía pronunciar frente a una solicitud de perdón de alguien a quien amaba hasta el delirio:
"Querida, eres tan inmadura. Crees que al decir lo siento todo el pasado puede corregirse"
Y luego, después de unos minutos de silencio y mi desesperada confesión de amor y mi actitud de espanto ante la inminencia de su partida y mi inevitable soledad ("Where shall I go? What shall I do?"), aún cuando su corazón correspondiera al mío, hubiere respondido con esa frase invencible del personaje de aquella película que lo coronó como mi ídolo y mi perdición:
"Frankly, my dear, I don't give a damn"
(Francamente querida, me importa un bledo)

domingo, 2 de mayo de 2010

Tengo recuerdos

Tengo recuerdos que me persiguen.
Recuerdos que me acechan todo el tiempo, agazapados, a la espera de un descuido para propinarme un zarpazo, una trompada de lleno en la mejilla, un imponente salto de grulla hasta sacarme del ruedo, hasta mandarme al vacío.
Tengo recuerdos que no me dejan ser, lo cual en sí es una especie de contradicción, pues somos personas hechas de recuerdos. No se puede ser, sin recuerdos.
Hay muchos tipos de recuerdos: algunos son inoportunos, llegan a ti cuando menos esperas; otros son más considerados y respetan horarios y costumbres. Algunos se acercan a ti con benevolencia; otros no muestran la menor compansión ni respeto por el lugar o las circunstancias. Algunos estan de paso y otros se enquistan en tu mente, convirtiéndose en parte de tu cotidianeidad. Algunos llegaron para quedarse, otros simplemente se marcharon de la misma manera como vinieron.
Algunos duelen, otros ya no tanto.
Pero de cualquier manera lo cierto es que tengo recuerdos. En mi día a día, en mis sueños. Sobre todo en mis sueños. Allí es donde los recuerdos se apoderan de mi y me convierto en una presa fácil, en una blanda carnada con la que salen de pesca, haciéndome víctima de sus juegos existenciales.
Tengo recuerdos que no cesan de taladrarme al oído su existencia.
Tengo recuerdos que también son personas. Personas que te recuerdan un recuerdo que pensaste haber olvidado o no quieres ya recordar. Personas que que muy a su pesar -y al tuyo- representan el rostro inefable de un recuerdo que permanece constante, detrás de sus pupilas y en medio de sus corneas - que en algún momento vieron contigo, eso que prefieres ahora olvidar-, deslizándose entre sus sienes, entremezclándose en su cabello, cayendo finalmemte la vacío.
Tengo recuerdos que anulan personas y personas que hacen lo propio con los recuerdos. Conozco personas que no quieren recordar, otras que no recuerdan ya. Sé de personas que prefieren simplemente callar, decir "no recuerdo", que optaron por amordazarlos, por extrangularlos, por colocarlos en el rincón mas obscuro de su habitación, donde apenas llega la luz, abandonándolos a su suerte , sin darles la esperanza de ser encontrados. Sin darles la oportunidad de decir "aquí estamos".
Conozco personas que viven una farsa. La farsa de no tener recuerdos.
Tengo recuerdos que no quiero olvidar y recuerdos que preferiría no estar recordando mientras escribo esto. Tengo recuerdos y recuerdos, unidos, entremezclados. Tengo recuerdos fusionados, recuerdos lisiados, recuperados, rencauchados, recuerdos que no quieren ya ser recordados.
Tengo recuerdos que me recuerdan a diario que debo recordarlos.
Nada graba tan fijamente en nuestra memoria alguna cosa como el deseo de olvidarla
Montaigne.

No puedo escribir de amor

"Lo que no nace no crece", sentenció un conocido mío hace ya cierto tiempo, luego de una agradable conversación en la que, entre otros detalles, compartimos alguna de nuestras cuitas.
Algo similar me sucede con lo que escribo. Por una extraña razón que va más allá de mi entendimiento y de mi voluntad, no puedo escribir del amor.
Sencillamente me siento frente al computador y mis manos teclean como dos arañas bailoteando sobre el tejado, sin que mi voluntad las gobierne. Ellas viven para sí y de la misma manera escriben solas.
A veces yo mismo me sorprendo de lo que he escrito una vez que termino con ello. No sé como llamarlo, pero lo cierto es que no parezco estar hecho para los finales felices. Quizá sea una especie de pesimismo congénito o una escasa vocación para la felicidad, pero la verdad sea dicha no soy un ferviente creyente de un planeta donde las cosas terminan de la mejor manera.
Quizá sea esa una de las razones por las que odio a Paulo Coelho. Desconfío de esos escritores que creen que con un par de palabras te pueden componer la vida. ¿Quien ha dicho que la literatura tiene esa finalidad? En todo caso ¿la tiene? ¿es necesario que la tenga?
No pretendo ser un cuestionador. Tampoco inventar teorías nuevas que ni yo mismo acabo de comprender. Sencillamente no creo en una historia que se reduzca de manera irreductible a un final feliz. No creo por ende en las historias ni los poemas que hablen de amor, todo lo cual es irónico porque crecí escuchando poemas de Miguel Ángel Buesa y Federico Barreto en mi habitación, cuando mi hermano mayor regresaba por las noches, henchido de un romanticismo juvenil después de alguna cita cautivadora.
Repito: no puedo escribir de amor. Hay cosas que las personas no podemos hacer. Algunos no saben nadar, otros aún no aprenden a patinar. Yo por ejemplo no se cabalgar. Tampoco se cómo se escribe de amor. El nombre de este blog por ejemplo es una muestra de ello. Soy de las personas que comparte la idea que uno no escoge sus temas. Uno es aprehendido por ellos y se convierte simplemente en un interlocutor de otras voces.
Detesto los finales felices. Prefiero aquellos finales que me sorprenden, aquellos que me llevan hacia algún sitio (al menos eso me hacen creer) y cuando menos lo esperas, se sientan en tu cara y te escupen en el rostro terminando de borrarte la sonrisa que iniciabas. Hay algo de amor también en el destilar de un suave pedo.
La tristeza y la soledad son mas que un par de palabras. Encierran además el secreto de sabernos vivos. Hay algo de sublime también en ello. Yo prefiero un final triste a uno alegre. Prefiero un cuento de odio a uno de amor. Aunque haya algo de amor en cada uno de ellos...
Estoy solo. Por lo tanto, existo.
Odio. Por lo tanto tengo la capacidad de amar.

viernes, 30 de abril de 2010

Tormento Chino

"¿Acaso soy un tormento para ti ?", preguntó.
Y mientras terminaba de formular su pregunta, mi mente empezó a trabajar una respuesta que satisfaciera sus expectativas y las mías.
"No eres un tormento -le dije- pero a veces pareciera que te esfuerzas en hacerme la vida difícil".
Su mentón se puso tenso y sus ojos chinos se entrecerraron aún más. No había que ser mago para darse cuenta que mi respuesta no le había gustado en lo más mínimo.
Pero era cierto. Me ocurría una vez más, como una espiral dialéctica: mi necesidad de soledad me enfrentaba una vez más con una necesidad distinta a la mía.
"Tú no me quieres", concluyó.
No tenía que ver con sentimiento. Desde pequeño me acostumbré a disfrutar de momentos espaciados de soledad. Jugaba solo, me divertía solo, leía solo. Ya de grande esa necesidad de soledad fue interpretado de muchas maneras: para algunos era una especie de nisántropo, para otros una persona con escasa capacidad de compartir con los demás. Una especie de lobo estepario de nuestra época.
El hecho es que nadie parece entender que me gusta almorzar solo, por ejemplo en el trabajo. No pertenezco a esa suerte de manada que requiere de compañía a la hora del almuerzo. "¿Subimos". Y la manada completa se moviliza hacia la mesa elegida donde comparten el almuerzo y alguna que otra confidencia. "¿Bajamos?". Y la manada se desplaza otra vez hacia sus lugares. "¿Nos vamos ya? (a la hora de salida) y la manada se reune una vez más para dirigirse hacia sus hogares.
Yo, contrariamente a ello, me encierro en mi gabinete, alisto mis alimentos con parsimonia y me deleito con el regalo exquisito de mi soledad. No me considero un nisántropo, pero hay algo mas que me impulsa a veces a desear estar solo: solo con mi soledad, como leí en algún recorte periodístico.
¿Como contradecir tan lapidaria conclusión ahora? Decirle "Lo siento" no era lo más recomendable en ese instante, hubiere significado renunciar lo que tanto me había costado obtener. Permanecer en silencio tampoco era lo adecuado, era como otorgar, como ceder una porción de mi irreductible libertad.
"Te quiero -le dije- pero debes entender que también disfruto estar solo".
"¿Y acaso no puedes estar solo conmigo? - me dijo.
Me quedé en silencio. Había lanzado su pregunta y la verdad me había quedado sin respuestas. La miré de frente a los ojos chinos que me observaban fijamente.
"Estoy solo contigo todo el tiempo", balbuceé.
No sabía bien lo que había dicho. Había allí más de un significado oculto. Pero a ella pareció no importarle. No sé bien lo que entendió pero una delgada sonrisa asomó a su rostro, me apretó en un fuerte abrazo y comprendí que me había salvado.
"Eres mi tormento chino", le dije e inció una carcajada que nos acompañaría por el resto del camino.

Sabes que escribo para ti

"Sabes que escribo para ti", me dijo.

Y esa sola frase fue lapidaria y me motivó una vez más a releer cada resquicio de tus escritos -de cabo a rabo, como dirían las abuelas- intentando descubrir alguna frase escondida, algun mensaje oculto o cifrado entre los diálogos de tus personajes, algun desenlace que se pareciera al tuyo, al mío, al de ambos.

Intenté escuchar una voz que me hablara que me dijera algo a mi y solamente a mi.

"Sabes que escribo para ti", me dijo.

Y saberlo fue como la anticipación de una tortura. Una especie de admonición que me convertía en un condenado, un prisionero de cada una de tus letras, expectante de cada nueva publicación, de cada nueva palabra, de cada poema, de cada imagen.
"Sabes que escribo para ti", me dijo.

Y escuché cada palabra como un condenado que va oyendo su condena y la sabe definitiva, sin ninguna chance de intentar un escape, con la certeza de no poder huir más, de tu existencia, de tus recuerdos (que también son los míos), de tu mesa de madera tallada que amaba, de la biblioteca de tu abuelo en la que nos ocultamos del Derecho y del mundo, del fantasma de tu gallo mirón observándonos detrás de la ventana de tu habitación, de tus grititos histéricos, de tus sonrisas ensordecedoras, de las oquedades de tu corazón.

jueves, 29 de abril de 2010

Degas y el Zorro

Gran parte de mi vida se ha desarrollado a la par de mi admiración por los cuadros de Degas. Hay algo en ellos que simplemente me conmueve hasta el punto de hacerme suspirar como una muchacha enamorada de su primer amor. Me cautivan sobre todo sus bailarinas - pequeñas motitas de algodón pastel- flotando en la inmensidad del vacío.

Recuerdo que en alguna ocasión me obsequiaron un pequeño libro que contenía las principales pinturas de los impresionistas, entre ellos, Degas. En ese libro (que ahora despues de mucho tiempo caigo en la cuenta, extravié) pude descubrir el sinnúmero de bailarinas de ballet que Degas pintó.

Yo no bailo ballet. A decir verdad tampoco ando muy bien dotado para los demás ritmos musicales. Pareciera que desde pequeño el ritmo y movimiento que ello requiere me hubiere sido negado. Pero desde que tengo memoria he admirado a la gente que sabe hacerlo de la mejor manera posible.

En alguna ocasión conocí alguien que bailaba ballet. Tenía todo lindo salvo los dedos de los pies. Me explicó que las bailarinas requieren apoyar todo el peso de su cuerpo en las puntas de los dedos de los pies y que con el tiempo estos se terminan deformando y encalleciendo.

Recuerdo que de pequeños mi madre solía matricularnos a mi hermana y a mi en "vacaciones útiles" y que en alguna ocasión instó a mi hermana mayor a estudiar ballet. De aquellos días, guardo pocas imágenes en mi memoria, salvo la de los pies de mi hermana enfundados en unos zapatitos de ballet negros con hebillas marrones que en nuestro argot familiar denominábamos "chinitas".

A veces pienso que las bailarinas de Degas son como esas personas que van por la vida ocultando a los demás algun aspecto su personalidad que consideran vergonzoso los ojos del mundo: entonces muestran únicamente el oropel de sus vestidos tutú, la blancura inmaculada de sus trajes, la sinuosidad de sus movimientos o las preciosas zapatillas "chinitas" envolviendo un par de dedos horribles. Horribles a sus ojos, pero que en realidad representan nuestro yo mas interno, mas personal, aquel por el que nos avergonzamos frente al resto, por el solo hecho de hacernos sentir vulnerables, en fin, humanos.

Miro nuevamente las bailarinas de Degas y pienso una vez más en su belleza. Quiza la verdadera belleza no este en lo visible sino precisamente en aquello que ocultamos, en aquello que no se ve, en aquello que nos identifica de los demás haciéndonos sentior autenticamente humanos y que nos convierte en: un escritor nóvel, un cantante desafinado, un orador vergonzoso, un coleccionista de estampitas, un lector de novelas de Isabel Allende, un poeta de poemas de amor, un bailarín desprovisto de ritmo, un coleccionista de atardeceres.
Como dijo mi buen amigo el Zorro, resumiendo: lo esencial es invisible a los ojos...
Me gustaría ver un poco mas seguido lo esencial de las personas.

jueves, 22 de abril de 2010

Norma Jeane Baker

Hoy me he quedado en vela hasta muy entrada la madrugada, mirando antiguas fotografias tuyas, descoloridas por el tiempo y por lo años. Intentado descifrar algo en algun resquicio de las arruguitas que comenzaban a dibujarse en tu rostro (descubri dos).

Hoy descubri que eras tambien humana, que llevabas un corazon detras de la coraza. Hoy pense demasiado en ti.

Vi algunas fotografias tuyas, ineditas decia la pagina de donde las extraje. Pense en las demas fotografias, aquellas que aun pernanecen ocultas, donde luces sonrisas sin coqueteos y poses sin aires de diva fatal.

Pense en la historia de tu muerte una vez mas, en la forma en que decian te hallaron, desnuda sobre tu amplia cama, con la mano estirada hacia el telefono como en actitud de llamar a alguien y pense en aquel poema de Cardenal, diciendo "contesta tú el teléfono".

Pense en contestar esa llamada aquel 5 de agosto de 1962 , en decirte algo el oido (quiza muy poco). Pense en que quiza pudimos ser amigos, sin oropeles, sin maquillaje. Solo Norma Jean en vez de la Marylin que todos creian conocer. Pense en que quiza ella seria como tu, a diferencia que tu llegaste a 36 y ella tan solo a 26. Pense muchas cosas.

Imagine tu timidez escondida y la mia expuesta a flor de piel. Mi ingles chapurreado y tu castellano inintelegible. Imagine ser yo el que llevaba sobre el regazo esa guitarra aquel dia, intentando rasguñar la veitiunica melodia que aprendi desde muy chico.
Yo no era Joe DiMaggio, ni Arthur Miller, pero tu sonreias... y tu risa era mas fresca y natural que nunca.