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lunes, 12 de agosto de 2013

Es verdad

Es verdad que las cosas son muy simples
como simple es una sonrisa
una mirada
un abrir y cerrar de ojos
una caricia
un decir lo siento
prodigar aquella caricia
intentar cumplir aquella promesa
terminar de decir un adiós.

sábado, 25 de mayo de 2013

Todavía intento salvarte

Todavía intento salvarte.
Mi psicólogo me dice que no existes, que eres una representación mía, una suerte de alter-ego, mi Malatesta, mi otro yo, la voz interior que susurra y toda suerte de pendejadas que se rompen como el capullo de un caracol cuando me despierto, en la noche, con los ojos anegados en llanto y gritando tu nombre o el mío, que no es lo mismo, pero es igual.
Todavía me resisto a creer.
Pero hay días en que se me hacen insoportablemente largos, noches que parece nunca acabar, recuerdos que retumban en mi cabeza como un tambor golpeteando tus sienes a punto de estallar, días en que la tristeza se asienta en mi mirada y de pronto me quedo sin palabras y se me esfuma sonrisa, y ya no puedo mentir porque ni yo mismo me creo las palabras que digo (o escribo) y me vuelvo a ver frente al espejo, terriblemente solo mi soledad, mas sola que nunca, pero más real. 
Todavía tengo esas pesadillas en las noches.
En las que se repiten como en una película de culto las mismas escenas, el flash-back donde el actor principal se enfrenta a un dilema, el plot del relato, donde la alternativa se convierte en una simple elección, decidir o no tragar aquella ultima pastilla que llevas ya en la lengua, apretar ese gatillo y volarte de un solo golpe la sien, saltar desde aquel árbol, ajustar el ultimo nudo de la soga en tu cuello, poner el punto final a la carta de despedida, decir tan solo "adiós", partir apenas con una media sonrisa que no terminas, porque ya no hay tiempo, porque te lanzaste ya.
Todavía tengo la esperanza. 
Que me alimenta a pesar que mi corazón se resiste, que mi cerebro suicida me grita lo contrario. Ese instinto primitivo que me hace luchar con aquel monstruo que no soy yo pero lleva mi nombre, que me permite arrastrarme del borde de la habitación hasta la bañera, dejar la cama, levantarme, ir a trabajar, no quedarme todo el domingo entero encerrado en la habitación, romper aquel lazo que me hunde en la vacuidad, en aquello que alguna vez llamaste el black, en el que de pronto percibo el sonido de un latido angustiado, que ya no es el mío, un par de ojitos rompiendo mi soledad, una vocesita, como un susurro, canturreando en mi cabeza de una manera angelical, diciendo "despierta, despierta, he tenido una pesadilla, papá".

lunes, 4 de abril de 2011

...

END.
Supongo que es como esas peliculas que no quieres que terminen, pero que conoces el resultado de antemano.

Uno quisiera ser el heroe, el amante, el amigo, pero a veces no terminas siendo ninguna de esas cosas.

Apenas un simple extra que se engalana con sus cinco minutos de fama: una aparición, un par de palabras predeterminadas en sus líneas.

Un recuerdo. Nada.

Hay películas que te gustaría escribir. Otras te gustaría anticiparte al final. Otras jamás deberían ser filmadas.

Pero también estan las otras, las del otro tipo, las que hacen volar tu imaginación a raudales, las que le dan sentido a tu vida tan solo por esa "posibilidad" que encierran. Las que determinan que lo cotidiano se transforme en algo mágico. Las que te hacen soñar, levantarte mas temprano, hacer cosas que antes pensabas no eras capaza de hacer o dar, las que de pronto -sin que te des cuenta- te transforman en alguien distinto y mejor en todos los sentidos.

Esas son las películas que no deberían tener final.

Conclusión: una película no debería terminar en tanto te permita seguir soñando sobre un final que desconoces, pero ansías.

Quizá por eso cada vez voy menos al cine.

domingo, 31 de octubre de 2010

Tears In Heaven

Oí esta canción
en la voz de Eric Clapton
compuesta luego del fallecimiento de su hijo
de apenas cuatro años.
...
...
Una ventana ventana abierta
un breve descuido
un edificio en las alturas.
...
...
Un grito ahogado
la sensación de vértigo al momento de la caída.
...
...
¿Sabrá ella mi nombre
cuando nos encontremos otra vez en el cielo?


¿Recordará la forma tan especial, tan nuestra que tenía para dirigirse a mí?
...
...
Oí esta canción...
y de pronto me sentí azul una vez más.
Azul, terriblemente azul.
...
...
Blue.

domingo, 3 de octubre de 2010

Dijo hola y adiós

Me gustaría que fueran más simple que esa canción de Sabina que me gusta tanto. Pero las cosas son lo que son, no lo que nos gustaría que sean. Quizá he vuelto a caer en esa malsana manía que tengo de colocar a las personas atributos que carecen. Como cuando adornas un pino en Navidad: al inicio no es más que unas cuantas docenas de ramas y algo de verdor, pero cuando terminas, acaba siendo algo realmente especial... irreal. Un árbol de Navidad. Único e irreemplazable.
Hoy me quedé sin árbol de Navidad. Hoy me dijeron que Santa Claus no existe. Se me acabaron los sueños. Piso el mundo real una vez más.
En el juego de la vida, no te vale mucho la suerte ni la esperanza, menos los sueños. Las cosas son lo que son, dicen las persona mayores. Como ese viejo bolero que dice:
En el juego de la vida
nada te vale la suerte
por que al fin de la partida
gana el albur de la muerte
Hoy me marché dando un portazo. Era hora de recuperar el orgullo y quizá mi lugar en esta burda historia. Si es que cabe el término y la posibilidad.
Nunca es tarde para comenzar a mirar desde un ángulo diferente. Nunca digas nunca. Jamás.

martes, 24 de agosto de 2010

después de mucho tiempo

Hablé contigo después de mucho tiempo
tu voz no era ni el recuerdo de aquella voz
que cantaba en el coro
entre las misas matutinas y las novenas.
Tu mirada tampoco.
No éramos esa noche tú y yo.
Tampoco nosotros.
Apenas dos extraños
hablando cada cual un lenguage distinto
como dos extranjeros
que derrepente se encuentran en un país lejano
perdidos.
Cada uno con sus propias palabras y gestos
que ya no te pertenecían ni a ti ni a mi
sino a probablemente a otros.
Tú me mostraste las grietas de tus nuevas arrugas
y yo te expuse la simplicidad de mis incipientes heridas.
Aquella velada combinamos de manera imperfecta
tu estirada compañía y mi persistente soledad.
He venido para dar por concluída esta historia -te dije.
No la escribas más -contestaste.
Entonces reparé en que hace mucho había dejado de hacerlo.

viernes, 16 de julio de 2010

Chao numero cuatro

- ¿Entonces te dijo chao por un tiempo? -pregunté.
- Si -contestó.
- ¿Y tú que respondiste?
- ¿Qué crees que respondí? -contestó, mirándome como si su pregunta aparejara una respuesta evidente. Que estaba de acuerdo, claro.
- ¿Y lo estas?
- No.
- ¿Entonces por qué le dijiste eso?
- ...
Me quedé mucho tiempo pensando en la conversación que sostuviera con X. Repasé con sumo cuidado cada uno de los argumentos que me esgrimió aquel día, tanto a favor como en contra de la posibilidad de verla, de seguir pasando el tiempo a su lado. Me parecía algo absurdo que dos personas que se atraían mutuamente y gustaban del tiempo juntos (de manera confesada y explícita) se vieran en la necesidad de "cortar por lo sano" su incipiente (o avanzada) amistad por el solo hecho de evitar sentirse confundidos.
Me parecía absurdo también que durante todo este tiempo hubieran tenido la necesidad de andar escondiéndose, como si fueran una suerte de criminales en busca de la redención, a espaldas de sí mismos, de los demás, del mundo entero: una suerte de castos amantes que se encierran en una habitación y pasan la noche en vela a los pies de la cama y sin tocarse. Todo era sencillamente ridículo. Pero más ridícula aún era la decisión a la que finalmente habían llegado luego de una conversación que comenzó entre risas y culminó muy seria.
¿Por qué la necesidad de ese ridículo chao, te veo luego, pero te veo después de otra manera? ¿Serían a partir de entonces los mismos, pero algo distintos? ¿Algo cambiaría? Y si nada cambiara ¿habría necesidad de un chao numero 2, un chao número 3 (como el de Mario) hasta llegar a un chao número 4? ¿Qué otros aspectos pueden restringirse dos personas que gustan de estar juntas? Digamos, en suma, descartando lo espectacular del contacto humano ¿da lo mismo verse en persona que hacerlo por Internet, por MSN, por el facebook o el twitter (que por cierto ninguno de los dos tenía ni hasta la fecha había aprendido a usar)?
Definitivamente había algo en todo ello que no acababa de comprender bien.
Pensé un poco en lo que X me había confiado en estos últimos días: la manera como se habían acercado, luego descubierto (a veces no hay orden preestablecido para ciertas cosas), la manera como habían aprendido a reírse de sí mismos, a reírse juntos, a reírse de los demás y después a mofarse el uno del otro. Una mañana vino agitado y me confesó como una revelación que hacia mucho no reía tanto y de verdad. Se notaba sinceramente feliz.
Intenté darle mas vueltas al detalle de mi última conversación con X. Recreé cada momento de sus palabras, como procurando buscar un significado oculto, un mensaje cifrado entre líneas que me ayudara a comprender la situación por la que pasaba.
- ¿Entonces te dijo chao por un tiempo? -pregunté.
- Si. -contestó.
Cerré los ojos y casi pude verla. Nunca mujer alguna me pareció tan pequeña: quizá por la fragilidad que transmitía, tal vez por el ligero temblor de sus manos o por la inmensidad que transmitían sus ojos asustados. Esta además nerviosa, quizá algo incomoda, como entre azorada y expectante.
De los dos, ella fue más valiente. Optó por hacerle frente a la situación. Él simplemente procuró ocultarse tras sus palabras, tras el lunar al lado de su boca. Fue mas sencillo oír primero y aceptar luego. Acatar en vez de intentar protestar. Decir por supuesto en vez de buscar alguna alternativa. Su silencio hizo el papel de cómplice pero a la vez de estúpido cobarde que se oculta tras las faldas de su abuela.
¿Acaso no hubiera sido más sencillo decir lo que pasaba por su cabeza que asumir ese papel de sorprendido, de alguien que recién se percata de una determinada situación aunque la ha tenido todo este tiempo frente a sus narices? ¿No hubiera sido mas sencillo decirle "Me gustas, ignoro aún la magnitud. Sólo se que me gustas. Comprendo tu decisión. Me gustas. No quiero -no me gustaría- perderte. Me gustas. Es agradable pasar el tiempo a tu lado. Me gustas. Parece como si te conociera de tiempo. Me gustas. Cómo me miran tus ojos inmensos. Me gustas. Cómo me siento contigo. Me gustas. Estuvo sabroso el postre que comimos. Me gustas. Deberíamos comer esa sopa mas seguido. Me gustas. No quiero crearte problemas, aunque creo que yo ya los tengo. Me gustas. Quizá te genere más confusión pero me gustaría más decirte 'hola' en lugar que decirte 'adiós'. Me gustas. Me gustaría no tener que dejar de verte y que no tuviera nada de malo el pensar en ello. De verdad que me gustas".
Abrí los ojos. Los vi sentados ambos. Ridículamente uno a lado del otro. Procurando articular un discurso que ninguno de los dos terminó de digerir. Intercambiando miradas de entendimiento. Diciéndose a cada momento "comprendo" como si de verdad hubiera algo que comprender. Los vi luego fundirse por un instante en un torpe abrazo ¿de despedida?. La vi cerrar la puerta ¿cuál puerta? A él bajar las escaleras ¿qué escaleras?. Lo vi intentando mirar algo desde la calle. La vi apagando las luces, de la cocina, de la sala, de su habitación. Los vi desnudarse, cada uno por su lado. Los vi mientras se acostaban. Los vi conciliar el sueño y soñar luego un sueño compartido y sin complicaciones.