martes, 17 de agosto de 2010

Salta...

Salta, salta, salta, pequeña langosta.

"Las cosas no son tan simples", sentenció Monterroso.
Efectivamente, no lo son.

Diario de un perro azul (V)

¿Quieres ser mi gato? -preguntó.
Decidir serlo, no es cosa sencilla. Implica determinación, pero también deseo de asumir y hacer frente a las consecuencias involucradas.
No es tan simple como enrollarse por las mañanas, juguetear con un ovillo de lana o lanzarse raudo frente a la presencia de una pelota de trapo o un ratón.
Hay algo de sometimiento velado oculto tras las bambalinas de su libertad ilusoria.
En ocasiones oí decir que a diferencia del perro, el gato no se domestica, te domestica a ti. Hay una especie de doble domesticación involucrada en el contrato que se suscribe entre el ser humano y el gato, un sometimiento mutuo que escapa de cualquier convencionalismo.
Sin eliges ser mi gato no deberás pensar mucho en los detalles de tu nuevo status (los gatos no piensan). Simplemente deberás mírame de lleno a diario, con tus ojos almendrados e inmensos, arquear la cola de vez en cuando, curvar la espalda y emitir un ronroneo que asemeje un mugido cuando la timidez de mi mano se pierda en la brevedad de tu pelo.
Luego deberás abrir el hocico, lentamente, como quien se apresta morder y no se decide a ello. Deberás decir "miau" cuando sientas la necesidad de mi compañía (quizá diga lo mismo cuando perciba la necesidad de la tuya).
Por las noches dormirás recostado sobre la calidez de mi ordenador mientras escribo. Y soñarás un sueño en el que consigo conciliar el sueño y te sueño a su vez en un sueño distinto y sin complicaciones.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Diario de un perro azul (IV)

Hoy es uno de esos días...

sábado, 7 de agosto de 2010

CUATRO

Hoy me acordé de aquél libro de "De Cupis" que solía cargar bajo el brazo cuando vagabundeábamos por los pasillos de tu vieja escuela. Aquél libro sirvió para igualar nuestras estaturas y permitió que nuestros sexos se conocieran de una mejor manera.
Del contenido el libro recuerdo poco, hablaba algo acerca de la “responsabilidad contractual y extracontractual”.
De aquellas tardes se me vienen a la mente algunas escenas entrecortadas, como extraídas de una de esas películas con flashbacks que te gustaban tanto: el sudor de nuestros cuerpos, tu respiración entrecortada, el miedo en nuestros corazones, el galopar estrepitoso de tu resuello al llegar al orgasmo.
Pero por sobre todo recuerdo una sensación que tú calificaste de amor y yo definí como una extraña opresión en medio del pecho.

insomnio

No puedo dormir:
insomne además de suicida frustrado
no resulta una adecuada combinación.

Hay algo de placer mórbido
en saberse negado a cualquiera de ambas posibilidades.

Algo que se acerca de alguna grotesca manera
a la idea de la inmortalidad
la negación de un acto primario
y la imposibilidad de ejercitar la máxima expresión de libertad que tiene el ser humano.

dúos

me siento como un perfecto imbécil en este momento
algo de sublime tiene la perfección
cuando se une en dúo a la imbecilidad.

martes, 3 de agosto de 2010

Diario de un perro azul (III)

Odio cuando me hablan de amor: definitivamente quien debió inventarlo debió ser alguna persona que poco conocía de aquel.
Huyo de sus quebradas, de sus peñas profundas, sus riscos escarpados, sus abismos insondables y las oquedades de sus valles.
Odio quien se llena la boca con palabras de amor (y en realidad blasfema), a quien dice amar hasta la necedad (y todavía es cauto) y quien dice no haber amado (y se sienta sobre una piedra a esperar su llegada o despedir su partida).
Odio a los complicados de corazón, a quienes dicen "no sé si amo, tal vez solo quiero" (como si fuera necesario una maestría de lingüística para entender ello) , a quienes intentan amar hasta la locura (y de verdad llegan a ella), al que ama de modo sumiso y al que no sabe si debe amar o jugarse una partida con sus sentimientos: como quien juega una partida póker o inicia un de tin marín de dopingüé.
Pero de todos odio más al que reniega de no amar y se esconde tras una armadura de reluciente bronce: un magnífico escudo protector que no deja que lo hieran pero tampoco permite al agresor ingresar. Odio al que no quiere saltar, al que tiene miedo de lastimarse una pierna (quizá se ha lastimado ya), a producirse una herida, a sangrar, a sentirse humano. Odio al que tiene temor de lanzar una piedra, al que ahoga en justificaciones para no arriesgar, al que le tiembla la boca al reír, al que rehuye decir yo primero (o yo segundo: el orden de los factores no altera el producto), al que evita tomar una decisión (precisamente esa decisión), al que no quiere finalmente llorar.
No es algo personal.
No tengo odio en el corazón
Quizá simplemente es uno de esos días.