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martes, 24 de enero de 2017

Sonia (1)

Siempre soñé con estar de novio de una chica de piernas perfectas y larguísimas, divinamente estilizadas hasta el infinito. Pasé muchas horas en mi habitación, imaginando cómo sería acariciar por horas esos muslos perfectos hasta perderme en el resquicio insondable de sus contornos.
Después conocí a Sonia.
Sonia era todo lo opuesto a la que había soñado: pequeña, gordinflona, con lentes de ratón que daban a su rostro un aspecto entre intelectual y estupido.
Siempre me había pasado: terminaba enamorándome de las niñas oscuras, de las más complicadas, de las muñecas dañadas, con problemas psicológicos e historiales suicidas, siempre.
Sonia canbió mi concepto de ver la vida. Incluso hoy muchos años después, cuando las canas comienzan a poblar mi sien, recuerdo su sonrisa de ratón y aquel sonidillo particular que luego de mezclaba con el llanto, al momento de llegar al orgasmo, luego de hacer el amor.
Tenía que haber pasado por ello, no obstante para entenderlo. Sonia no era para mí mi desde el inicio. O mejor dicho no era para nadie. Estaba destinada a una perpetua soledad de la cual no conseguiría sacarla nunca, aunque me esforzara por esconder sus frascos de pastillas o la navaja con la que solía cercenarse las muñecas en las tardes de lluvia.
- El sonido de la lluvia estrellándose contra el alféizar me pone melancólica - me confesó un día.
Hasta ese día en que la encontré, luego de buscarla por horas tropezando entre charcos y el espesor de las calles repletas. Hasta la que salvé.
Después de eso nunca más volví a ver a Sonia...



miércoles, 2 de abril de 2014

Mil perdones a las madres (aunque no es su día)

Perdón a las dignísimas señoras madres de familia que se sintieron ofendidas con mi post anterior. Incluyendo a mi sacrosanta madrecita.
Desde la que me acusó se insensible (dada mi incapacidad para interpretar las emociones asociadas a la maternidad) hasta aquella que me encrespó una suerte de frase cliché haciendo referencia a la existencia de una relación de enamoramiento de madre a hijo, desde antes de conocerse (bastante edípica por cierto y carente de evidencia empírica , al menos en términos de "amor").
No obstante, si alguien se ofendió perdón. Aunque valgan verdades, ello me tiene sin mucho cuidado. 
Mi post jamás estuvo referido a cuestionar las sensaciones asociadas a la maternidad, sino a toda esa parafernalia de tomarse fotos artísticas, exibiendo su protuberante vientre, con la pareja al lado, ambos descalzos o sobre una alfombra, en una suerte de pose idílica de la experiencia de la paternidad.
Vamos. Seamos un poco más honestos con nosotros mismos. Un poco de photoshop o media docena de fotografías bien logradas en un estudio profesional no te harán mejor padre, ni madre, ni hijo al que está por nacer. Tampoco servirán para esconder tu realidad o trascender en tu historia personal como parte de un momento idílico, cuando quizá no lo es.
No pretendo dar lecciones de moral, ni nada que se le parezca. Conozco a muchas personas que estarían dispuestos a ello. Free cost.
En lo que me concierne, me repugna la cursilería, la pose boba, la apariencia detrás de ese flash, lo que esconde, el hacerlo porque está de moda, porque todas las chicas de la oficina lo hicieron antes, porque es un trend topic colocar esas fotos en el muro de tu face, contratar a ese fotógrafo de catálogos caros o cualquier otra huachafería que se le parezca.
Lamento decepcionarlos, señores. Tal vez si habría que retratar esto de la maternidad sería un poco menos bucólico y quizá más próxima a la imagen que Frida Kahlo imaginó cuando dibujó esta versión personal de su alumbramiento.

lunes, 10 de febrero de 2014

Felicidad

Odio las escenas impostadas, las fotografías de estudio profesional que se toman las parejas, con juguetitos, proyector de luz artificial, alfombras, verde césped, pies descalzos, jueguetes de madera, retrato familiar. 
Odio las fotografías de las embarazadas, de las madres primerizas, de la barriga turgente, de la teta seminal, de los vástagos recién nacidos, de su primer pañal, de popó del día previo, de los padres cortando el cordón umbilical.
Odio las fotografías perfectas que se derrumban un segundo después de disparado el reflector del flash, cuando todo vuelve a la normalidad, cuando la familia entera se desprovee del maquillaje, cuando uno a uno se quitan el antifaz, cuando resurgen las miradas de odio, cuando todo vuelve a la normalidad.
Cuando ella regresa a la cocina y se encierra entre sus trastos y sus libros de mujer profesional-liberada-atrapada-en-matrimonio-asfixiante-y-asexual. Cuando él coge el teléfono para enviar un mensaje de texto a su amante, que ya terminó la sesión, que te extraño a morir, que esta noche no, que quizá mañana, que no insistas, que deja de llamar y cortar por las noches, que pasado, ¿te tengo ganas, sabes?, no, hoy no, mañana, tal vez mañana.

Odio las sonrisas impostadas, el imbécil que me pide mirar el pajarito (que me mire él el mío), que exige a tu hijo sonreír, que olvide por un segundo que en el colegio lo golpean -vamos, no es tan difícil, dice, solo digan whisky-, que hace dos tardes encontró a su novia tirando con su mejor amigo, que sus padres se gritan todo el día, que anoche su madre no se pudo levantar por las pastillas, que su hermana se suicidó hace más de diez años, que no puede conciliar el sueño, y sin embargo termina siendo obligado a efectuar un remedo de mueca, que vuelve a la normalidad cuando se oye el click que atrapa ese instante perfecto, que no termina de definirte, pero que todos llamarán alegría o peor aún, lo catalogaran como felicidad.