Mostrando entradas con la etiqueta corbata. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta corbata. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Fotografías

 
Debe ser una cosa magnífica retratar un instante, atrapar un momento de la vida, una fracción imperecedera y única. A veces observo viejas pinturas e intento adivinar las circunstancias en que fueron efectuadas, el por qué las sonrisas o las miradas serias. ¿Serán acaso un calco de la realidad o son consecuencia de la imaginación exacerbada del artista?  
Me ocurre algo similar con las fotografías. Prefiero en particular las descoloridas, aquellas que han perdido, incluso, las tonalidades de blanco y negro y aparecen mas bien tullidas y castañas.
También hay de las otras: aquellas que te llevan de inmediato a un momento en particular. Un instante que creías haber olvidado y que de pronto se apropia de tu mente como un gigante egoísta, estrujando tus emociones y recuerdos, obligándote a viajar al pasado e imaginar una vez más aquel futuro que no se llegó a concretar, aquella posibilidad que creías ya extinta y que se asoma una vez más detrás de la imagen bruñida que te devuelve el espejo. Como el de aquellos daguerrotipos que las abuelas exhiben a las amigas en sus cafés de los viernes, en las que aparecen escuálidas y ataviadas en diminutos tutús y zapatos de ballet.
Ayer te vi en esa fotografía y se me vino a la mente el preciso lugar y momento que fue tomada. Tus ojos, ocultos, sonriendo a los míos.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Scott Pilgrim contra el mundo


El que luche con monstruos
cuide a su vez de no convertirse en uno
cuando miras largo tiempo a un abismo
también éste mira dentro de ti.
Nietzche
 
Tenías razón. Me pasé tanto tiempo luchando con monstruos que al final terminé convirtiéndome en uno.
¿Recuerdas los días en que enhestaba mi caballo y el filo de mi lanza hacía frente a los molinos de viento que aquejaban tu corazón?
Es irónico. Pero a la vez brutal, tener la convicción que tus temores se van convirtiendo con el tiempo en los míos. El percatarme a mis cuarenta y diez que mi corbata no existe, que mis zapatos de charol dejaron de brillar. Que me convertí en uno de esos latidos que desean acabar en un grito. O un lamento. Ya no sé. Y que terminan en una esquina, agonizando en un susurro. O un gemido. Emborrachándose en una frase entrecortada. U ocultando su rostro detrás de las faldas de una llamada que no se concreta. Como esas cartas que la gente escribe durante mucho tiempo y un buen día deciden no enviar.