Nada se pierde
todo se transforma.
Jorge Drexler
No tengas vergüenza de gritar en voz alta
las cosas que me dices en voz baja.
Callar u omitir es un sinónimo de negación
de rechazo.
No me llames por mi nombre
he sucumbido hace ya cierto tiempo
al encanto de dejar a un lado la manera como me llamo.
No me llames por mi nombre
he dejado de tenerlo
mi nombre solo adquiere sentido
cuando es reemplazado por uno distinto:
el que tú me otorgas.
No temas regalarme una mirada
una caricia
un abrazo
un beso fugaz.
Los gestos se toman
no se piden.
No tengas vergüenza de comportarte
de modo lascivo, exasperante o sexual.
No tengas temor de tu desnudez
o de la mía
del calor de tu vientre
de tus piernas delgadas enredándose entre las mías.
No tengas temor
de decir las mismas palabras
de llamar a las personas de idéntica manera
de descubrir un gesto que creías olvidado
un sentimiento
una sonrisa
una hendidura en tu pecho
un aluvión de esperanza
y de miedo.
Las palabras solo son eso
apenas una conjugación de letras
que podrían significar tantas cosas
y a la vez nada.
Yo podría decir por ejemplo
hogar
y escribirlo de mil maneras distintas
ogarh, garho, arhog... n + 1
No tengas temor de reemplazar nuestros nombres
por el yo, tú, nosotros, ellos
de adjetivar tu sonrisa
de conjugar, conmigo, tu mejor verbo.
martes, 15 de noviembre de 2011
lunes, 14 de noviembre de 2011
A ti
Lo más irónico de todo
es que siempre supe que fuiste tú
hiciste que justos
pagaran por pecadores.
Dicen
que no hay peor ciego
que el que no quiere ver.
Yo quiero ver.
Hoy.
Siempre.
es que siempre supe que fuiste tú
hiciste que justos
pagaran por pecadores.
Dicen
que no hay peor ciego
que el que no quiere ver.
Yo quiero ver.
Hoy.
Siempre.
Ponderación
Hasta ahora se preguntaba
cuál sentimiento era más poderoso
si, a fin de cuentas,
el punto en el que se encontraba
no era otra cosa
que el resultado
de una ponderación
entre el amor y el miedo.
Huir del miedo
había sido su consigna
aunque en ello
pudiera esconderse
de modo soterrado
algo diferente.
- ¿Se puede querer a alguien que se teme? - preguntó la nostalgia.
- Jamás -le contestó el miedo.
cuál sentimiento era más poderoso
si, a fin de cuentas,
el punto en el que se encontraba
no era otra cosa
que el resultado
de una ponderación
entre el amor y el miedo.
Huir del miedo
había sido su consigna
aunque en ello
pudiera esconderse
de modo soterrado
algo diferente.
- ¿Se puede querer a alguien que se teme? - preguntó la nostalgia.
- Jamás -le contestó el miedo.
domingo, 13 de noviembre de 2011
sábado, 12 de noviembre de 2011
Como en los libros
Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardín;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí.
Joaquín Sabina
Hace no mucho me encontré con una de esas viejas compañeras que, durante nuestros años de escuela, se jactaba de vivir las cosas de manera intensa. Tenía en esos tiempos un noviecito de esos al que ella adoraba con una devoción que casi rayaba en lo novelesco. Las personas de la escuela decían que no había cosa más perfecta que la conjunción de ambos. Todos deseábamos en silencio parecernos un poco a ellos. Para las demás parejitas que iniciaban, ambos, eran su molde a seguir, el patrón con el que se medían uno a otro.
Vivían un amor de esos que solo se han escrito en los libros, en los que la existencia de uno era justificación del otro. Era muy peculiar verlos los fines de semana en el parque, al lado de la municipalidad, ya sea manejando bicicleta, compartiendo un helado o recostados sobre el mullido pasto leyendo un libro. Siempre se estaban riendo o se estaban besando.
Cuando terminamos la escuela, supimos por terceras personas que ambos ingresaron a la Universidad el mismo año... luego les perdimos el rastro. En ocasiones cuando coincidía con algún antiguo camarada intentaba indagar qué había sido de ellos. Pero nunca tenían noticias nuevas, apenas algunas vagas conjeturas que siempre comenzaban mas o menos de la siguiente manera: "tienen que estar todavía juntos ¡si eran la pareja perfecta...!".
Hasta el día que me topé con ella mientras tomaba un café en el centro comercial. La reconocí apenas la vi. Tenía todavía algo de ese aire de grandeza que hacía que las chicas menores la imitasen: desde su peinado hasta su forma de vestir.
- ¿Te acuerdas de mi?
Ella me sonrió y luego de observarme por un largo rato, fue aventurando nombres, hasta que por fin, después del número 23 dio con el mío.
- Pues claro que me casé - me respondió luego del segundo café.
Me contó que había vivido durante toda su etapa universitaria el amor más intenso que hubiera podido imaginar. Luego, él tuvo que viajar para hacer unos estudios de doctorado a Londres, de modo que decidieron darse un tiempo hasta su regreso. En el ínterin ambos salieron con una serie de personas hasta que finalmente ella conoció al que ahora era su esposo. No sabía que había sido de la vida de él. Le pregunté si seguía viviendo de manera tan intensa como en la escuela.
- En la vida hay dos tipos de hombres -me dijo- los que te hacen vivir de manera intensa, como en los libros; y, los que te llevan al altar. Yo escogí al adecuado.
La miré nuevamente a los ojos. De pronto noté que había desparecido algo de su antigua grandeza. Sus facciones estaban contrechas, tenía unas arrugas bajo los ojos, su cuerpo se había engrosado y a toda vista había comenzado a engordar. Ya no me parecía tan bonita.
Me despedí a los pocos minutos. Sentía una extraña opresión en el pecho. Manejé a toda velocidad hasta llegar a mi casa. Mi mujer veía televisión enfundada en un grueso abrigo de lana.
- Hola gordo -me dijo. Tuve que comer con los niños. Tu comida esta sobre la mesa. Esoty muerta. ¿Cómo te fue?
Me acerqué a ella sin que se diera cuenta y la abracé por detrás. Cuando volteó, tenia su rostro pegado al mío. Miré su cabello blanco, sus facciones todavía hermosas.
- Te amo porque me haces vivir la vida de una manera intensa -le dije.
No me contestó. Pero por la humedad de su mirada supe que no necesitaba respuesta.
domingo, 6 de noviembre de 2011
ONE
Lo descubrió de sopetón
como un baldazo de agua fría en invierno.
No era otra cosa que una simple
constatación de la realidad
que gritaba a su oído
"no se puede pretender mantener una quimera".
Debía dejar de luchar contra dragones de fuego
acostumbrarse a su caverna
a la impúdica compañía de su sombra.
Esa canción era un anticipo
de lo que vendría muchos años después
luego de la extinción del recuerdo
de tu mano enredándose en el palpitar de mi sexo.
Tenías razón: somos uno, pero no el mismo.
jueves, 3 de noviembre de 2011
Otoño mutilado
Ayer noté como se desprendian las primeras hojas doradas de los árboles
y pensé inevitablemente en mí
en ti
en aquella tarde en que te prometí
que algún día sería testigo de ello.
en ti
en aquella tarde en que te prometí
que algún día sería testigo de ello.
Vivo un sueño mutilado
como las hojas de esos árboles
como las hojas de esos árboles
un sueño donde apareces y desapareces como una pesadilla recurrente:
yo hago el papel de aprendiz de marioneta
tú, de eterno expectador que fisgonea mi mente.
tú, de eterno expectador que fisgonea mi mente.
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